La magia del abstencionismo político o la política de la antipolítica (Segunda Parte)

por J. O. Guevara


La Democracia Representativa

Para iniciar la crítica a la política contemporánea en este país, me enfocaré primero en el burdo intento de democracia que se hace en Venezuela. Manipulando a los órganos de democracia directa y teniendo como vulgares títeres a los diputados, que deberían ser representantes de todos los segmentos del pueblo en vez de ser los perfectos jalabolas que son al servicio de una revolución mono-color.

Para ello, pasaré a esgrimir un (no tan) pequeño argumento, basado en la cita del pensador y teórico anarquista Enrico Malatesta:

“Pues si se consideran a estos flamantes electores como incapaces de atender por sí mismos a sus propios intereses, ¿cómo habrán de acertar, en ningún caso, a elegir los pastores de guiarles? ¿De qué manera podrán resolver el problema de alquimia social consistente en obtener la elección de un genio como resultado de la acumulación de votos de una masa de imbéciles?

Lo que verdaderamente puede significar que la democracia representativa esté sentada sobre una falacia bastante bien desarrollada, sobre el mito de los legítimos representantes que actuan inteligente y virtuosamente para el bien del pueblo, ejerciendo como los eficaces gerentes del proceso legislativo y celosos vigilantes de la separación de poder.

1- Un representante por más mayoritario que sea, está siempre a prueba de los diversos males del poder, de su corrupción.

2- Por más mayoritario que sea, este representante no puede actuar en contra de las minorías (eso se llama injusticia) ni tampoco ser el aleatorio intérprete de la voluntad de la mayoría que lo escogió, solo debe “representar” de manera “justa” la posición de esta mayoría (cosa esta última de apreciación muy subjetiva).

3- Este representante debería cuidarse de agarrar poder o facultades que le pertenecen a los electores, o de atentar contra los bienes y personas aprovechando su poder. Esto ya sería una expresión de justicia, el de no hacer un mal uso del poder delegado. Lástima que los periodos sean tan largos y que en realidad los representantes “no le pertenezcan” al pueblo que los eligió.

A la primera falta, este debería irse. Pero, ¿Eso se hace?

¿Porqué la población le da a los representantes derechos que ni siquiera ellos mismos detentan?

Las repúblicas para su superviviencia deberían poseer hombres inteligentes y virtuosos, en gran medida y en todo el tiempo. Condición esta que no se cumple la mayoría de las veces. En las alturas del poder corruptible y corruptor, dominan lo feo, lo ordinario y lo aprioritario. Las Repúblicas liberales modernas son ya un paradigma gastado que necesita evolucionar si quieren dejar sus defectos.

Necesario es volver a la “Res Publica” original, no en el sentido romano, sino más bien en su sentido etimológico. La política, los “asuntos de la Polis” deben quedarse donde están, donde son más eficientes, en la Polis, en la comunidad organizada políticamente.

¿Como pretendemos que 40 o 10 personas o una persona dominen sobre veintisiete millones? ¿Con que pretexto? ¿Con que legitimidad una mayoría por más legítima que sea está autorizada a pasar por encima de valores y leyes hechas por consenso y de manera consuetudinaria? ¿Es necesario que alteren la ley y la perviertan desde su sentido original? ¿Es justo violar ciertos derechos en favor del “bien común”? ¿Son necesarias dichas transgresiones a la voluntad y libertad individuales para garantizaar lo que unos ven como justo, grande y hermoso, como “la revolución”?

Las Republicas actuales sobreviven gracias a las alianzas entre la élite política (legitimada por mayoría), el gran aparato de dirección económica y los militares. Nada más anti-democrático que la burda expresión mayoritaria de millones de personas siendo ahogada por uno u otro poder, o maquillada bajo sus propios intereses.

La democracia actual permite a la élites políticas adivinar a que grupos de presión y a cuales actores beneficiar, para permitir el control estatal sobre el sistema productivo, sobre la población.

La democracia representativa actual será un avance con respecto a las monarquías absolutas, pero no es el fín de la Historia, ni son el non plus ultra de las organizaciones políticas. Si tenemos en cuenta que las organizaciones politicas (o civiles) fueron hechas para evitar esa guerra “todos contra todos” y la gente común tiene que aprender  aver que el Estado contemporáneo no es, ni la única, ni la obligatoria organización política a considerar.

Las organizaciones (que ponen “orden”, por ello se llaman así) sirven para que los seres humanos tomen provecho de la organización y de sus productos, como el productor y el comerciante, con la organización “Empresa”; Los vecinos con la organización “Asociaciones de vecinos”; O los políticos y las “masas” con la organización “Estado”, cuya característica más visible es ese proceso de conducción, llamado “Gobierno”.

Pero hay que recordar el origen de las organizaciones si se quiere ver contra quién se está tratando.

Las empresas, surgieron del natural deseo de los hombres de adquirir servicios y satisfacer necesidades de una manera provechosa tanto para el empresario, como para el consumidor. Fenómeno casi universal y antiguo, aunque su primera expresión “moderna” hayan sido los gremios alto-medievales y las organizaciones de banca y comercio del renacimiento.

Que las empresas pueden ser “malvadas”. ¡Pues claro! Pero por su misma naturaleza y en medios adecuados (como un mercado libre) esas empresas pueden evolucionar o morir. Son, en principio, voluntarias y de libre asociación y responden al interés de los productores y de los consumidores. Una empresa “malvada”, perniciosa o que hiera a otros, no duraría mucho en condiciones de libre competencia.

Mientras que el Estado nace originalmente, como una institución de monopolio, de aprovechamiento y de tributo. Aprovechamiento del poder de las comunidades en áreas como el comercio y la guerra, y el tributo que los primeros reyes cobraban a sus súbditos, todo enmascarado o barnizado con un toque religioso. No por nada, muchos de los primeros reyes y emperadores eran “dioses” y requerían “tributos” y “sacrificios” por su labor.

El Estado-nación moderno, paralelamente como el Estado antiguo, no nace (al contrario de lo que dirían los contractualistas) como aquel ente social equilibrador de intereses y preservador de la paz. Sino todo lo contrario. El Estado actuó como instrumento para legitimar las ambiciones mercantiles y de poder de los monarcas que empezaban a centralizar el poder, y como soporte de este poder, aparecen los primeros ejércitos nacionales. No es que antes las eras pre-estatales hayan sido plagadas de guerras, al contrario.

Sin núcleos de poder extensivos y sin grandes ejércitos, no se podían esperar grandes masacres, al igual que las ásperas condiciones favorecían el apoyo mutuo entre los miembros de una especie, naturalmente gregaria, como la nuestra… No digo que necesitamos volver a vivir en cuevas, pero acá está la idea principal en cuanto a los beneficios de una sociedad sin Estado y organizada civilizadamente y en orden (Puede haber orden y leyes no Estatales, como dentro de las familias, las empresas, o algunas de las organizaciones no gubernamentales).

Locke y Montesquieu nos darían algunas ideas de someter al Estado, someterlo para “adecentarlo” y para ponerlo al servicio nuestro, pero lamentablemente pocas veces ocurre esto.

Y esa tendencia de absorción y dominación del poder económico se ve consolidada por este proceso. Ya que durante las monarquías absolutas, el Estado consumía una muy pequeña parte del PIB, siendo con la asunción de los contemporáneos aparatos burocráticos y de la extensión de la representatividad a mayor escala, que el Estado consuma una gran parte del PIB, y por ello sigue exigiendo impuestos, aranceles, funcionarios y guerreros.

Todo para legitimar aquella máquina, aquel coágulo de poder que es el Estado. Por ello la existencia del “poder del voto”, una entramada organización para suavizarle la vida a los habitantes, mientras el Estado expolia y domina al aparato productivo, a los trabajadores, empresarios, amas de casa, y a Usted, casual lector.

Gracias a su voto, el Estado se ve legitimado a alterar las tasas de interes artificialmente, a manipular la economía a través de subvenciones, de proteccionismo empresarial, de alianzas con las grandes corporaciones, todo ello para mantener el control de la población. Por ello las represiones y las guerras, por ello el Estado y el gobierno respetan (a medias) la Constitución, para asegurar su existencia y evitar una revolución que despoje al gobierno de su poder.

Por algo cayó la Alemania Oriental, por su irrespeto a la vida y a los derechos humanos. Hay dos formas de que un Estado mantenga su poder, por la razón de la fuerza o por la fuerza de la razón. Hasta ahora, pareciera que en Venezuela esta primera opción pareciera más manifiesta al ver todos los gastos en armas, “gas del bueno” y tantas exhortaciones a la guerra.

La segunda opción es la que un republicano-monárquico decente preferiría al “otorgar” parte de su libertad al Estado para garantizar una virtual “seguridad y orden”. Así funcionan los Estados exitosos, pero por su propia naturaleza (Ley Patriota, intervencionismo económico, rescates financieros) están condenados a acumular más poder hasta que se caigan por su propio peso o consigan una manera de legitimarse… Y esta manera, la más común y lógica actualmente es la Democracia contemporánea.

En Venezuela, esta democracia (camuflada como “participativa”) en realidad es nuevamente el intento de perpetuar al nuevo mega-estado socialista. De presentarlo como la patriótica y benevolente madre-patria que nos llevará a la liberación contra el Imperialismo. Cuando en realidad el Imperio Venezolano se ha fraguado a base del aporte de los contribuyentes y del despilfarro de nuestras riquezas y todo consagrado y permitido por la población por su voto.

No por nada se ha permitido que la “Revolución Cubana” entre cual ejército de ocupación (Como buen Estado) a influenciar perniciosamente al gobierno, con la colaboración del Estado venezolano (y de su población).

Cosas para pensar…

Sí ha leído hasta aquí, casual lector. En el siguiente post le introduciré algunos conceptos para adentrarse en el hecho de que las poblaciones organizadas pueden ser dueñas de su destino y ser libres y verdaderamente soberanas, todo con el uso y la aprehensión de varios axiomas o ideas básicas. Que tenga un buen día.

Y si tiene curiosidad, dudas o algo no le quedó claro, puede comentar libremente, que en la medida de lo posible daré respuesta.

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