Refutando al anarquismo, un intento. (I de II)

por J. O. Guevara


“Si los hombres son buenos por naturaleza, no necesitarán gobierno. Si son malos, ni se atreva a tener uno”

Revisando un rato en la red, por mera curiosidad, me he encontrado un pequeño documento que citaba una posible refutación a la ideología anarquista. Yo asumiéndome como intento de escéptico, no solo me cabría el deber de dudar de dicha afirmación, sino de la misma concepción anarquista y su posibilidad.

Si se quiere dotar al anarquismo de un carácter “científico”, pues es mucho mejor que su desarrollo teórico siga el procedimiento racional típico, basado en el descubrimiento de evidencia más el adecuado racionamiento lógico y con intenciones fundamentalmente descriptivas-predictivas, no normativas. Y que se someta a prueba rigurosa cada uno de sus postulados.

——-ADVERTENCIA——-

Lo que sigue es un post enfáticamente teórico y muy largo, así que puede ser algo ladilla. Si lo puede soportar, adelante.

Como estudiante de ciencia social, sé perfectamente que el objeto de estudio (la sociedad, y en mí caso en específico, el poder, la influencia y la autoridad), por su misma naturaleza variable y bastante aleatoria, no permite hacer demasiadas predicciones exactas. Pero gracias a la asimilación de ciertos conceptos provenientes de la economía (la ciencia social mas parecida a las ciencias exactas, a mi opinión) puedo sostener con cierta claridad algunas definiciones basadas en axiomas bastante sólidos. En este caso, el “individualismo metodológico” será el principal método de análisis y hacia allí tenderá la estructura analítica del post.

Y con esto podría hacer un paralelo con el científico que busca examinar lo estudiado, enfocándose en la esencia de lo percibido (es decir, simplificando las cosas hasta llegar a su punto definitivo y crucial -como un trampolín-).

La esencia de este caso sería el individuo como componente base de la sociedad. Al poder analizar y aseverar nociones probadas de un individuo, estaríamos más cerca de poder ver el carácter general de la sociedad y de su actuación (que no es más que la actuación en conjunto de los individuos).

Empezaré formulando una pequeña hipótesis: “La concentración de poder es dañina”.

Así mismo, como en filosofía, procederé a definir, que clase de actitud maneja el anarquista tipo al encontrarse con la autoridad. Vayamos por pasos… Definamos “anarquismo”.

El anarquismo, no es más que la corriente de pensamiento político y filosófico que aspira a la anarquía. Entendida “anarquía”, como un orden social basado en la igualdad de la libertad, contra la existencia de la autoridad, entendida como imposición de la voluntad ajena y la imposición de la propia voluntad, es decir, contra la coacción como elemento en las relaciones sociales (definición propia y que puede ser contrastada para verificar su exactitud ante diversos autores de diversas tendencias, auto-proclamados como anarquistas). Es la filosofía política que aspira al self-government.

Para tener en claro en donde se soporta dicha afirmación, debería hacer un breve recuento de la relación entre individuos o sociedades y el uso de la autoridad (así como definir de que se trata la dichosa autoridad), cosa que voy a hacer…

La autoridad, es definida según la RAE como:

1. f. Poder que gobierna o ejerce el mando, de hecho o de derecho.2. f. Potestad, facultad, legitimidad.3. f. Prestigio y crédito que se reconoce a una persona o institución por su legitimidad o por su calidad y competencia en alguna materia.4. f. Persona que ejerce o posee cualquier clase de autoridad.5. f. Solemnidad, aparato.6. f. Texto, expresión o conjunto de expresiones de un libro o escrito, que se citan o alegan en apoyo de lo que se dice.

La definición que llamaría la atención en el estudio del anarquismo como ideología, sería en todo caso la primera. Se menciona que la autoridad es el “poder de mando”. Sencillo… ¿Pero de donde viene? ¿Como se ejecuta? ¿Quién la ejecuta?

El poder de mando se caracteriza por “mandar”, es decir, que el(los) sujeto(s) que posee(n) “poder de mando” ejerza(n) decisión(es) sobre ciertos objetos e intereses (no hay autoridad desinteresada). La autoridad, presupone a alguna persona que la ejerce, y otra que la obedece.

Ahora bien, la segunda definición introduce un término nuevo. La “legitimidad”. Como legitimidad en su sentido político entiendo a algo que se considera con la calidad de justicia, que es apropiado para la situación. La autoridad entonces se define per se como legítima. Aquí entra el primer desvío. Y este ocurre cuando se introduce el término “consentimiento”.

El consentimiento, es decir, la aceptación voluntaria de determinada situación, implica para el individuo que consiente que se legitima (se justifica y se vuelve justa para las partes) la relación social desde su punto de vista. Las relaciones sociales en las cuales se obtiene un consentimiento mutuo entre las partes, son consideradas, para el anarquista, válidas (si lo consienten, es que tienen interés de que sea así y que obtendrán algún beneficio). Se equilibra el sometimiento a la autoridad de ambas voluntades usando el consentimiento.

El consentimiento, visto de esta manera es fuente de legitimidad en el ámbito político y social. El anarquismo por lo tanto, puede apostar por estudiar las relaciones legítimas que deriven del consentimiento, aun teniendo a la autoridad de por medio.

Pero eso no es todo. Con el concepto de “poder” se introduce el imperio, y la facultad para mandar. De nuevo, una persona que manda, y otra que obedece. Es decir, la concreción de la autoridad como hecho. ¿Pero y que pasa cuando se concreta como principio? Es decir, cuando ya lo que importa no es la relación, sino el mero poder o las meras ansias de mandar, cuando por medios pacíficos no se obtiene el interés de una parte.

En estos casos, cuando la relación no es legitimada por una o ninguna de las partes de una manera en la que consideren justa, es terreno abierto para la proliferación de lo que voy a describir a continuación… Una autoridad (sea persona o grupo), que ya no tenga consentimiento o legitimidad y quiera perpetuarse para alcanzar los fines de la negociación y la satisfacción de intereses, estaría aplicando el principio de autoridad. Es decir, estaría forzando la relación o su ejecución. Acá ya se referiría al poder como la definición de sometimiento no mutuo de voluntades, sometimiento no legitimado, desequilibrado, es decir, no-legítimo, no-justo.

Esto último, la manutención de una relación de sometimiento se hace con la fuerza y la intimidación. La fuerza en el ámbito social, se refiere al uso de la violencia (física, psicológica) como arma política y social para la consecución, en este caso, de determinado interés. El interés en este caso es el mantenimiento o la ejecución de una relación aún por encima de la legitimación. Se introduce la noción de coacción, y la relación pasa a ser una relación coactiva. Es decir, contraria a la voluntad de la parte coactivada. A esta relación se opone el anarquismo. Es en este punto en el que la autoridad no es legítima.

Algo que concuerda bastante bien con la sexta definición que da el DRAE respecto a la palabra “poder”.

6. m. Suprema potestad rectora y coactiva del Estado.

El Estado, tomando la definición estándar dada por Weber, como la institución que ejerce el “monopolio legítimo y exitoso del uso de la fuerza en una comunidad humana“, es visto entonces como un agente que institucionaliza la fuerza, y la legitima. Pero como vimos anteriormente, el uso de la fuerza no puede ser de ninguna manera legitimado sin cometer injusticia (por definición). Las relaciones sociales como tales, solo pueden ser legitimadas mediante el acuerdo mutuo pacífico entre las partes involucradas. La coacción (el uso de la violencia o su amenaza) está fuera de la negociación, y cuando esta se introduce, rompe lo justo y lo legítimo.

Se ejerce como “supremo”, es decir, que no admite nada superior a él. Se trata en todo caso, del uso monopólico de la autoridad. Primero, plantearía una contradicción, es decir, que ese uso monopólico sería ilógico a primera vista… ¿Que es el Estado sino la suma de los individuos que lo componen? ¿Es lógico que el uso de la autoridad monopólica de esos individuos se ejerza contra los individuos que componen esa misma institución? ¿Auto-sometimiento de ellos mismos? (Además, como ente monopólico, ¿que incentivo o interés tendría de dar un buen servicio, o de mejorar si no tiene competencia que superar o imitar? Esto en el caso de los servicios prestados por el Estado)

Para que tenga lógica, hay que pensar que el Estado es un elemento foráneo a la sociedad. Y de hecho, lo es. El uso de la autoridad necesita una parte foránea que la ejerza y otra que la cumpla… Con eso quiero refutar a quienes puedan pensar que la sociedad es parte totalmente íntegra del Estado o que ambas cosas son, a efectos prácticos, lo mismo (Sociedad=Estado). En este caso, el Estado forma una clase aparte de la sociedad, muy aparte y elevada (clase aparte a la cual le afecta muy poco esa autoridad coactiva en cuanto contribuya al mantenimiento del sistema -puede darse el caso de autoridades estatales que actúan en contra de su misma clase dirigente o beneficiada-)… Y esto puede traer muchos problemas, como luego mostraré.

Para que el razonamiento estatista funcione, se crea la noción de “delegación de autoridad”. Es decir, que los individuos que componen un Estado, “deleguen”, “regalen” algo de su autoridad a esta institución (se supone que de manera voluntaria -la famosa hipótesis del Contrato Social de Rousseau-).

No hay ninguna razón lógica para que esto suceda. Si todos tenemos el derecho de delegar autoridad, entonces deberíamos buscar a alguien a quien delegarla. ¿Pero ese delegado no tiene también su derecho a delegar autoridad?. Se establecería así una delegación ad infinitum (ya que se tendría que pedirle permiso a todos para poder delegar yo mi autoridad en alguien, y ese alguien tendría que hacer lo mismo en caso de que quisiera; igual todo el mundo), que no es más que una reductio ad abdsurdum, es decir, que nadie al final, tendría derecho de delegar su voluntad y su autoridad a nadie.

Para que esto no suceda, tiene que ocurrir una sustracción de voluntad y de autoridad. Negarle o quitarle la voluntad de autoridad a unos, para que la ejerzan otros. Es decir, privilegio que se sustenta en el engaño (en primera instancia) y en el robo (en última instancia). Los podría clasificar como “medios físicos de generación de (falsa) legitimidad”.

El engaño tiene la forma de “elecciones”, en la cual se le convence a las personas de que no hagan nada y se dejen fácilmente robar su voluntad por parte de la clase política interesada. Por algo se menciona que la libertad no se obtiene o se otorga… se gana.

El robo, cuando el engaño no funciona, es la fuerza… Representada en este caso, por la Fuerza Armada.

Weber, decía de la autoridad que:

“Como dominación, es la probabilidad de encontrar obediencia dentro del grupo determinado para mandatos específicos. En el caso concreto esta dominación (“autoridad”), en el sentido indicado, puede descansar en los más diversos motivos de sumisión, que se dan por habituación o por arreglos afines. La obediencia es esencial para que se ejerza la autoridad.”

La autoridad, dada de esta manera, se visualiza de manera colectiva como un acto de sumisión, de obediencia, que da pie a su análisis de los tipos de autoridad (carismática, tradicional y racional-legal). El tema de la obediencia es altamente controvertido para el anarquismo, ya que antes que “obediencia irreflexiva” preferiría “obediencia reflexiva”. La obediencia como fenómeno social conduce, primariamente a la acción (voluntaria o no) de la voluntad del sujeto obediente hacia el mandato definido por el/lo que demanda obediencia.

La obediencia bien puede dársele a personas o a ideas, esta última en el sentido de autodisciplina ante las instrucciones dadas por la definición de determinados conceptos ideales (mi consciencia me dicta, la Biblia dice que…). En este sentido, la obediencia para el anarquista conduciría a un modelo mas o menos acabado de auto-obediencia a los parámetros o singularidades que permiten la existencia de una sociedad libre de coacción. Para ello, se requiere la obediencia por parte de todos los que se someten al “contrato social” que implica como dovela clave (y poco más) la no-imposición de la propia voluntad. Es decir, un sometimiento mutuo de voluntades. Su forma material, es el contrato. La teoría anarquista, por este medio, es viable y no presenta fallos lógicos.

Cabe destacar que este impulso a obedecer las reglas de una sociedad “libertaria” no es puramente exógeno, sino también endógeno (y de allí trasladándose a lo exógeno, con la presencia de la jurisprudencia -en el caso del ejercicio de la justicia, voluntaria claro está-), motivado por el propio interés de los individuos que, como lo pueden demostrar la antropología y la etología, se orienta mayoritariamente hacia fines eutáxicos (buen orden) o de autoconservación (antes que la violencia descerebrada), basada en la naturaleza primariamente gregaria y egoísta del hombre, siendo un legado biológico de su condición de simio catarrino.

Aclaratoria: La naturaleza del hombre es gregaria-egoísta… Gregaria por sus orígenes como simio social, y Egoísta por que el individuo busca siempre maximizar sus oportunidades de satisfacer sus intereses antes que los de alguien más (a menos que ese alguien sea algo de valor para determinado individuo -ya entra en juego las relaciones de manada y de familia-). Eso no quiere decir naturaleza “buena” per se… Los humanos pueden asociarse para satisfacer necesidades comunes de manera mas o menos pacífica, o para matar a otros seres humanos por diversos motivos. Se puede usar a la sociedad como medio o fin para alcanzar el interés. Como medio, en base a la producción, cooperación y el intercambio (en mutualismo o simbiosis); como fin, usar a la sociedad de manera egoísta, parasitándola o depredándola. Y para esto último, el poder coactivo funciona de maravilla. Mucho más si se trata de un gran coágulo de poder como lo es el Estado.

De allí se puede comprobar otro postulado anarquista que menciona que a más cantidad de Estado, más daño a la sociedad al restringir la voluntad de los individuos, y al retroalimentarse, hay mayor capacidad y voluntad por parte de este ente de seguir restringiendo libertades. Es un círculo vicioso. El autogobierno pareciera entonces una solución considerable.

Como se ve, el ejercicio de la autoridad es indispensable, y la anarquía no es la excepción. Quienes mencionan que TODA autoridad debe desaparecer, están jugando con la utopía.

Solo quiero, como anarquista, que el orden social se cimiente sobre bases firmes, pacíficas, mutuamente aceptadas, que implique el reconocimiento del derecho de todos a usar su voluntad, sin violar el derecho a todos de disponer de su vida como deseen (Las dos proposiciones, para poder cumplirse a la vez, implican necesariamente una sumisión mutua, igual y voluntaria de las autoridades de las partes implicadas en beneficio mutuo de sus intereses -para ello se necesita libertad y soberanía individual-). Esto es lo que entiendo por la igualdad de la libertad.

Y de allí puedo dar lógicamente con el énfasis federalista (dado en primera instancia por Proudhon) y de redistribución del poder en el cuerpo social como máxima expresión política de la federación y el libre-mercado y la propiedad privada fruto del trabajo (enemigo del monopolio) como máxima expresión económica de dicha redistribución de poder… Pero ya será para otra ocasión.

Por el contrario la obediencia en una sociedad estatista se fundamenta principalmente en la auto-obediencia (u obediencia exógena en caso de no haber fundamento individual para el reconocimiento de la autoridad estatal -y puede ser impuesta por la violencia o por la educación, con el fin de generar obediencia irreflexiva y dogmática-) de los individuos al “consenso ideológico” y la posterior obediencia externa a las autoridades legitimadas por los “medios físicos” tales como las elecciones y la fuerza (esta última usada de castigo o disuasión).

La auto-obediencia al consenso ideológico deriva del sostenimiento de la idea que pregona la solipotencia del gobierno en determinadas funciones (solo el gobierno puede hacer X cosa) y en la necesaria existencia del aparato estatal como armazón fundamental y sostén del sistema receptor de todas las demandas políticas (ya estaríamos entrando a la teoría de sistemas -y de la noción de sistema político, dentro del cual el Estado es una parte-).

La obediencia externa puede ser lograda gracias a la negociación entre y con las autoridades gubernamentales en determinados y excepcionales eventos, como cuando se funda un Estado o se redacta una constitución política (esto es el cacareado Contrato Social). Debo mencionar que muy raras veces, y nunca directamente, participan las grandes masas poblacionales de los Estados, siendo estos acuerdos y negocios pactados principalmente por representantes de las élites naturales y fuerzas vivas (y los representantes del pueblo que se consideren necesarios).

Es, principalmente, un proceso aristocrático-plutocrático-monopólico por naturaleza y no igualitario ni democrático -en sentido de apertura generalizada del consenso político- (por más elecciones que legitimen esta trampa). No hay nada que garantice que no usen este privilegio a su favor. De este hecho se fundamenta, principalmente el consenso mutuo entre los individuos para respetar al estado como fuente mayor y última de autoridad coactiva.

Como paréntesis… Esto es en caso del intento de legitimación “contemporánea” del Estado . Si nos queremos ir hacia el fondo, hacia el origen de los Estados como tales, el acuerdo de élites y la centralización del poder (casi siempre por violencia -la gente en la Edad de Bronce no se caía a cuentos-) nos pueden dar respuestas interesantes. Allí se evidencia la falta de dicho hipotético contrato social, que es más un “contrato elitesco” que cualquier otra cosa.

La mayor parte de la sociedad (ignorante y casi siempre analfabeta en esa época) aceptaba dicho contrato exógeno gracias a la influencia de las armas (lo cual demuestra que la gente en un principio está dispuesta a soportar el mal menor del Estado si este no le amenaza su vida o su propiedad), el uso del miedo y, secundariamente, de la aglutinación de los intelectuales (el inicio de la legitimación por medios ideológicos) en torno a la religión -y al Estado como un todo- cuyo mensaje de obediencia era rápidamente amplificado con mensajes de sumisión y ofrenda… No es casualidad que los primeros gobernantes humanos decidieran ir revestidos de “autoridad divina”, y tampoco es casualidad que las primeras élites estatales estuvieran asociadas a clérigos, sacerdotes-escribas y demás.

Este patrón se repite con la preferencia de los Estados por definir sus sub-clases privilegiadas… Como lo son los políticos y generales actuales. O los oratores y bellatores de la Edad Media, o los Faraones y sus visires, junto a la casta sacerdotal egipcia. Los comerciantes, emprendedores, campesinos, trabajadores y pobladores en general, se han percbido como “sucios”, “innobles” o “vasallos”. Eran y siguen siendo la clase anfitriona del Estado, este fungiendo como gran parásito social.

Cierra paréntesis…

Generalmente en este proceso se suelen atribuirse “deberes y derechos” al individuo para con el Estado, que deben ser respetados por el individuo so pena del uso de la fuerza. (Debo resaltar, de nuevo, que hay pocos incentivos para que el Estado haga lo mismo, ya que no hay incentivos naturales para el cumplimiento de las garantías y deberes autoatribuídos con tamaña concentración de poderes en comparación con el individuo). Cuando esto no funciona (por desobediencia del individuo), llega la figura de la sanción, la multa, la pena y el delito. La forma material de la obediencia estatista es la ley y sus castigos.

La falta de incentivos reales del Estado y del mercado político para auto-ajustarse a un pacto democrático; La disminución del control y supervisión por parte de la población; el monopolio de determinados medios de decisión (defensa, policía) arrogados por el Estado (en detrimento de la capacidad defensiva de los ciudadanos); más el lavado de cerebro colectivo que requiere el soportar las afirmaciones estatistas, hace que este esquema requiera de dosis casi infinitas de precaución y de vigilancia al tratar con esta clase de ente… Es como un chófer que decide que ruta seguir, que automóvil usar, a que velocidad ir, como tomar las curvas, a que hora se baja del vehículo, a qué ángulo abrir la puerta, cuando revisar el motor. Siempre te dirá que tiene la razón y que debes obedecerle por tu bien… y si hay resistencia alguna, este chófer posee la única arma para obligar al pasajero (es decir, tú)de hacer o soportar todo lo anteriormente descrito.

Mijaíl Bakúnin, uno de los padres del anarquismo (y primer mentor de su segunda escuela, la Colectivista) puede describir toda la paja loca que escribí con estas palabras (aunque de manera más emotiva, no por ello más inexacta):

“El Estado es la autoridad, es la fuerza, es la ostentación y la infatuación de la fuerza. No se insinúa, no trata de convertir: y siempre que lo intenta lo hace con muy mala pata; pues su naturaleza no consiste en persuadir, sino en imponerse, en forzar. Se esfuerza poco en enmascarar su naturaleza de violador legal de la voluntad de los hombres, de negación permanente de su libertad. Incluso cuando ordena el bien, lo perjudica y echa a perder, precisamente porque lo ordena, y que toda orden provoca y suscita las rebeldías legítimas de la libertad; (….) La libertad, la moralidad y dignidad humana del hombre consisten precisamente en eso, en que hace el bien no porque se le ordena sino porque lo concibe, lo quiere y lo ama”.

Esto, es un intento de visión genérica del anarquismo (y específicamente como anarquismo de mercado) en lo que se refiere al complicado tema del ejercicio de la autoridad y del porqué de su radical oposición a la fuerza como medio político de decisión.

Tenemos entonces que el Estado es una institución aparte de la mayoría de la sociedad, que se presenta como autoridad y coacción institucionalizada; que posee la posibilidad de usar la fuerza como monopolio, con poco, limitado o nulo control por parte de los habitantes comunes, así teniendo incentivos de crecer gracias a una maquinaria tributaria que expolia a la población con impuestos (luego muchos impuestos), financiando otros monopolios otorgados por ley como lo es la fuerza armada, el manejo de la moneda, la potestad sobre la tierra y las vías de comunicación.

Me da la posibilidad de considerar que tantas ineficiencias y acumulaciones de poder juntas, por mas contención que tengan, no pueden ser aptas para funcionar a largo plazo. Ningún Estado ha sido reducido permanentemente ni controlado por mucho tiempo. La democratización del Estado solo es un remedio temporal… y una buena excusa de la élite estatal para poder tener bajo control solapado a las personas que se someten a ella. El contrato social forzado y “democrático” se vuelve una forma mas contundente de legitimar (falsamente) autoridad que la fuerza bruta de la monarquía absoluta. Una cadena es tan fuerte como su eslabón más débil, frase que pareciera ser adecuada para el Estado actual. El peligro de abuso está siempre latente.

Aparte que el Estado ha funcionado históricamente como un imán para aquellos individuos que desean imponer sus creencias y valores al resto de la sociedad, favoreciendo a los políticos que logren el consenso demagógico y emotivo (por ser más fácil y expedito de lograr) que un consenso racional (que implica un esfuerzo mental previo de los actores). Por ello “predomina en este ambiente lo negro sobre lo blanco“, diría Bakúnin.

Algunos dirán que la viabilidad de una sociedad anarquista está en entredicho cuando se postula la posibilidad de enfrentamiento. De “guerra civil”. La solución en este caso, es la organización de servicios de defensa contratados por sus usuarios (policías privadas o mutuales p. ej.). No interesadas en robar impuestos, no creo que se dediquen a fabricar armas de destrucción masiva o invadir pueblos. Podemos encontrar lun buen antecedente de esto, por lo menos en el ámbito mutualista en Clarence Lee Swartz, al dar una definición de lo que él consideraba como mutualismo en el ámbito económico y social (Nota: el subrayado es mío):

“El mutualismo es un sistema social basado en la igualdad de la libertad, la reciprocidad, y la soberanía del individuo sobre sí mismo, sus asuntos y sus productos; realizado a través de la iniciativa individual, el libre contrato, la cooperación, la competición, y la asociación voluntaria para la defensa contra los invasores y para la protección de la vida, la libertad y la propiedad legítima.

Ahora. ¿Que pasaría si estas se enfrentan?.

La solución nos la pueden dar ejemplos históricos de sociedades en donde el elemento anarquista prevaleció. Como las naciones islandesa e irlandesa durante la Edad Media, las cuales no poseían rastros de justicia o defensa administrada por un estado central. Antes que una hipotética guerra civil todos-contra-todos, el contrato previo puede ser una alternativa, luego legitimado automáticamente gracias a la jurisprudencia (Tendría que haber agencias neutrales de arbitraje que resolvieran conflictos entre dichas compañías) y mecanismos no coactivos de control social para lograr obediencia de los individuos a la eutaxia espontánea -generalmente el interés de salir vivo o en una buena posición pacífica contribuye más a eso que una regulación externa-, como el boicot ante la violación de reglas acordadas de antemano contra los individuos violentos o antisociales.

La Ley Mercantil de la Europa medieval puede dar respuestas del funcionamiento de esta manera de legislación entre comerciantes. El órden espontáneo sería entonces de naturaleza permanentemente equilibrística (tendiente al equilibrio, no equilibrada por definición) y dinámico. Reciprocidad, competición, cooperación y asociación. Todos conceptos incluídos en la definición de Swartz, y compatibles entre sí.

Si los estatistas consideran que este método de resolver problemas es inadecuado u utópico, ¿como explican que en otros sectores económicos esto se logre con facilidad -como en el sector alimenticio o de servicios en general-? Y si unas agencias en competencia -viendo y considerando los efectos generales de la competencia- entre ellas mismas con relativo poco poder es una mala solución, ¿porqué tendría que ser buena una sola gran agencia con mucho poder y control contra los ciudadanos? Uno puede cancelar el contrato con una agencia de seguridad… ¿Y con el Estado se puede hacer lo mismo? Quizá… Pero eso conllevaría a restricciones graves “como castigo” (es un delito el querer algo diferente del gran monopolio coactivo Estatal -medida de autoconservación-).

La misma democracia moderna por el mecanismo de la “regla de la mayoría” puede degenerar en injusticias y opresión que pueden derogar los logros democratizadores de un plumazo  (a pesar de las constituciones que pueden ser modificadas por arrebatos populares -que siempre implica la presencia de las élites, que pueden de nuevo disfrazar dicha modificación a gusto-). Con un mecanismo tan sensible utilizado a nivel macro, mejor sería que estas decisiones correspondieran a pequeños grupos. De nuevo, es una apuesta hacia una sociedad de comunidades libres y más descentralizadas… Luego lo explico.

En el próximo post. El artículo en cuestión, junto con mis opiniones y pensamientos acerca de dicha refutación. Así como un nuevo llamado a sostener los ideales del federalismo y del principio federativo mediante la comprobación de la hipótesis de la “centralización del poder como daño”.

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PD: Con relación a la “autoridad consentida”, podemos ver la tercera definición de “autoridad” según el DRAE para darse cuenta de que tal ejercicio de autoridad no es “anti-anarquista” ni mucho menos.

El anarquismo no tiene nada que ver ni que objetar a la tercera definición, la que menciona que la autoridad sea revestida por calidad o competencia. El reconocimiento de la autoridad por mérito puede implicar consentimiento. Y en cuanto lo haga (ya que puede ser benéfico o de interés el hacerlo, por percibir la calidad o la competencia dada) es una relación social beneficiosa.

Para un ejemplo, doy con el texto siguiente de Bakúnin (otra vez) a manera de comprensión de esto último:

“¿Se desprende de esto que rechazo toda autoridad?

Lejos de mí ese pensamiento. Cuando se trata de zapatos, prefiero la autoridad del zapatero; si se trata de una casa, de un canal o de un ferrocarril, consulto la del arquitecto o del ingeniero. Para esta o la otra, ciencia especial me dirijo a tal o cual sabio. Pero no dejo que se impongan a mí ni el zapatero, ni el arquitecto ni el sabio.
Les escucho libremente y con todo el respeto que merecen su inteligencia, su carácter, su saber, pero me reservo mi derecho incontestable de crítica y de control. No me contento con consultar una sola autoridad especialista, consulto varias; comparo sus opiniones, y elijo la que me parece más justa. Pero no reconozco autoridad infalible, ni aun en cuestiones especiales; por consiguiente, no obstante el respeto que pueda tener hacia la honestidad y la sinceridad de tal o cual individuo, no tengo fe absoluta en nadie.

Una fe semejante sería fatal a mi razón, la libertad y al éxito mismo de mis empresas; me transformaría inmediatamente en un esclavo estúpido y en un instrumento de la voluntad y de los intereses ajenos.

Si me inclino ante la autoridad de los especialistas y si me declaro dispuesto a seguir, en una cierta medida durante todo el tiempo que me parezca necesario sus indicaciones y aun su dirección, es porque esa autoridad no me es impuesta por nadie, ni por los hombres ni por Dios.

De otro modo la rechazaría con honor y enviaría al diablo sus consejos, su dirección y su ciencia, seguro de que me harían pagar con la pérdida de mi libertad y de mi dignidad los fragmentos de verdad humana,
envueltos en muchas mentiras, que podrían darme.

Me inclino ante la autoridad de los hombres especiales porque me es impuesta por la propia razón. Tengo conciencia de no poder abarcar en todos sus detalles y en sus desenvolvimientos positivos más que una pequeña parte de la ciencia humana. La más grande inteligencia no podría abarcar el todo.

De donde resulta para la ciencia tanto como para la industria, la necesidad de la división y de la asociación del trabajo.


Yo recibo y doy, tal es la vida humana. Cada uno es autoridad dirigente y cada uno es dirigido a su vez.
Por tanto no hay autoridad fija y constante, sino un cambio continuo de autoridad y de subordinación
mutuas, pasajeras y sobre todo voluntarias.”

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