Terremoto mental

por J. O. Guevara


Pues, para ser corto y terminar con esto pues debo anunciar a la internet que me tengo que arrepentir de varias cositas que he vertido en este espacio. No necesariamente porque haya injuriado a alguien o haya insultado en demasía. Más bien por efectos de reconsideración y terremoto mental pues ya tengo que admitir que me volví un malvado y estatalista socialdemócrata (es un decir) que come fetos abortados en la tarde y que roba las honradas fortunas a los ricos en la noche a base de redistribución y esas cosas que nos alegran el corazón a los rojos-rojitos.

Dicho de otra manera. Me he tomado un tiempo para considerar y reconsiderar ciertas cosas. El mismo tipo sigue escribiendo por acá. Solo que con otros lentes para mirar al mundo. Y espero, que de manera más sincera y menos desapasionada.

Las políticas rentistas y populistas de izquierda en este país han dado avales para ser considerada como un maldito desastre. Desde la tristemente célebre tradición adeca de los “cabilleros” hasta la orgía kitsch espiritual, administrativa y material que ha significado el chavismo, debo ser un completo imbécil para tomar como nueva bandera a un proyecto que para muchos luce como un perro muerto… El viejo compromiso por la igualdad de oportunidades y una sociedad más libre, justa, igualitaria (y todos esos adjetivos que asustan a los liberales).

Ahora bien, ¿como alguien como yo termina en una evolución ideológica tan salvaje? Fácil, se obtiene con amplitud de miras y pensamiento racional. Amplitud de miras que gran parte de la izquierda venezolana (por no decir toda) tiene que tener si quiere sobrevivir.

La vieja metodología socialdemócrata necesita actualizarse, reformarse. Algo que para muchos significa una traición (el amor de la izquierda mundial por la metodología es legendario), sería de provecho el venderse al capital y hacerle la vida más fácil a las empresas. Una mirada a los datos y estadísticas puede dar ciertos indicadores al respecto de cuales son países serios y en cuales otros países se comen vivos entre sí.

Claro, el libre mercado es una idea tradicionalmente detestada por la izquierda estatal. No en vano siempre cada vez que algún comunista agarraba una silla presidencial, lo primero que hacía era colectivizar a la fuerza y dejar que la oficina de planificación hiciera el resto. En el lado socialista democrático (especialmente el venezolano), las nacionalizaciones, el discurso soberanista sobre los recursos naturales y el irracional apego al proteccionismo agrícola, entre otras cosas, estaban al orden del día. Consecuencia. Perdían el rumbo y chocaban contra la pared de la realidad.

No en vano nosotros recordamos a la gloriosa CANTV nacionalizada que tardaba un año o más en dar una simple línea telefónica. Es necesario admitir ciertas cosas. El problema de la riqueza es más asunto de producción que de redistribución. Lo segundo es secundario y siempre velando que la producción no salga perjudicada. El bienestar depende mucho más del bienestar de una economía y el sostén de un estado de bienestar debe ponerse al orden del bienestar económico. Sostener pensiones para todos, cheques bebés a embarazadas menores de edad y sueldos para los presidiarios con una economía de mierda, trastornada por la enfermedad holandesa y el rentismo es echar más leña al fuego. El libre mercado funciona (casi) todo el tiempo.

Por supuesto, Monesvol me libre de admitir la proposición diametralmente contraria (y no, esto no tiene que ver con un equiblandismo inoperante). Hay veces en las cuales la intervención estatal es necesaria. Si no, ¿quien nos protegerá de un dichoso corralito*? Por poner un ejemplo, el esquema de trabajo de la economía neoclásica menciona (entre otras cosas) que los actores económicos son enteramente racionales y actúan como tal por la consecución de sus intereses.

Cosa que no me parece demasiado acertada, sobre todo cuando tenemos casos como este en los cuales un montón de decisiones individuales perfectamente acertadas causan un caos colectivo mayor… Del tipo como que hay rumores de que un banco importante quiebra, el banco dice que es mentira e igual voy yo a sacar todos mis ahorros pensando en mi bienestar; me encuentro con una cola kilométrica de gente que hace lo mismito que yo, el banco se desangra y quiebra, las inversiones se paran, la gente que pedía su crédito se jode y no puede montar su fábrica de clavos, alguna quiebra por allá y para más ñapa no hay nadie que garantice nada a quienes no fueron a retirar su dinero. Un pequeño gran desastre que puedo usar para hasta para mostrar ejemplos de externalidades. Algo sencillo que puede arreglarse más o menos con reglas claras, supervisión, y un fondo de garantía de depósitos. Aviso, esto no es necesariamente perfecto, pero ¿que esperaban? ¿soluciones facilistas, perfectas y sospechosamente dogmáticas? Hay terreno amplio para la discusión de paradigmas y metodología, y para eso estamos.

Como resumen, hablo de la necesidad de considerar la regulación indicativa de mercados y supervisión de ciertos entes para el funcionamiento adecuado de la economía. Mercados en donde hayan incentivos perversos que arruinen a la economía en general si se dejan actuar solitos. No estoy hablando de planificación a lo Gosplan. Estoy hablando de economías como las nórdicas (bastante libres según el índice de la Heritage Foundation), y que yo sepa no se están muriendo de hambre. Insisto, basémonos en ejemplos reales y paradigmas que funcionen en la vida real.

Y hablando de paradigmas, por cierto, el de la política científica también tuvo que ver. El principio del mejor conocimiento empirico-racional disponible a servicio del interés general es otro de los motores que gatillan mi cambio de parecer. Y en esto mi formación académica influye notablemente. Muy bien, sé que no puedo predecir como será la transición chavista (ni siquiera puedo asegurar que haya transición). Pero como politólogo puedo hacer el intento. Y no solo eso. El método científico bien utilizado le ha dado a la humanidad un periodo de prosperidad y paz nunca antes visto en la historia de la especie. Avances que todos disfrutamos ya sea de manera directa o indirecta. Desde computadores hasta medicinas, pasando por medios de transporte hasta la ingeniería civil.

Las ciencias sociales también pueden participar de esa dichosa creación si le hacen honor a su nombre y se ponen las pilas, tanto metodológicamente y epistemológicamente. Es decir, el tirar a la basura las vendas ideologizantes, admitiendo de manera calmada nuestros sesgos y en consecuencia, luego de esforzarnos para evitar que dichos sesgos manipulen demasiado, analizar a la realidad de manera precisa y detallada, siempre confiando en evidencia empírica para sustentar nuestras hipótesis. Estoy dispuesto a dejar mis preconcepciones si los datos las demuestran erróneas y eso incluye a mi manera de ver la política y la sociedad.

Estoy claro en mis fines. Solo reconsidero mis medios. Quiero una sociedad que cumpla con lo básico. Igualdad de oportunidades y derechos humanos para todos. Libertad, Igualdad, Fraternidad en pocas palabras. No he de dejar que mi ideología me imponga los medios. Si algo funciona, funciona, y si no, a la basura. No importa que sea una idea mimada de cualquier ideología.

Y al final, ¿que carajos tiene que ver esto con el anarquismo? Sencillo. La idea de deshacerse del Estado, por muy buena que suene, ya no me parece demasiado aceptable en tanto que sus dificultades superarían sus beneficios. No solo por la falta del entramado institucional que garantice la defensa nacional, sino además, las dificultades de manejar el problema del polizón y la aparición de legislaciones anti-libertarias sin un centro común legislador. Igualmente, estoy presto a escuchar y a discutir argumentos a favor y en contra.

Aún así, la experiencia me inclina a pensar y a admitir que la falla de los Estados históricamente no ha traído demasiadas cosas buenas y que sería mejor luchar para democratizar al Estado y hacerlo accesible, manejable de manera eficaz y soportable por la ciudadanía. No en vano se ha avanzado en esta materia desde aquellos tiempos en donde la legislación contemplaba el cortarte la mano por robar pan o quemarte en la hoguera por blasfemar.

Y me despido no sin antes agradecer la paciencia de los pocos lectores que circulan en este blog que ha caído a publicar periódicamente a ritmo de cuentagotas.

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*Corrección, no es exactamente salvarnos de un “corralito” sino de un “pánico bancario”. El corralito es básicamente poner un torniquete ante una hemorragia (oséase restringir retiros de efectivo del público y diversas operaciones bancarias por ley -o a los coñazos-). Claro, es una medida de emergencia y dudo mucho que funcione una vez haya una crisis de esta naturaleza. Los bancos no pueden quebrar. Es como la bacteria del botulismo. Las matas y el veneno se esparce por doquier y adiós. Es parar el corazón de la economía al represar su sangre.

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