El petroestado que fué y el petroestado que es (Traducción)

por J. O. Guevara


Primeramente tengo que agradecer a la gente de Caracas Chronicles por el tiempo gastado en interesantes reflexiones acerca del estado de insanía general presente en la política y sociedad de Benesuela.

Segundo, pues… A mí que me dieron las ganas. Así practico un poco eso de las lecturas en idioma gringo, que falta me hace.

La traducción sale bastante literal, digamos que cosas de comprensión lectora. Me pareció simpático compartir en la lengua de Shakira Cervantes esta reflexión (a mi juicio) tan acertada que profundiza bastante en lo que su desquiciado servidor comentó sobre la borrachera benesolana de gasolina.

Este es el post original.

Lo que sigue, es la traducción. La versión 1.0 del documento. Si hay fallas, como siempre, alguien me puede avisar.

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Autor: Francisco “Quico” Toro

 

Para muchos observadores extranjeros, escribir acerca de la Era Chávez es escribir en medio de un vacío histórico. Pero tú no puedes entender al chavismo sin echar un vistazo a la economía política del PetroEstado.

El Petroestado que fué y el Petroestado que es:

El modelo de Acción Democrática

Estaba recordando que en 1996 yo hice cierto trabajo de campo en Cabimas, una polvorienta y pequeña ciudad en la costa oriental del Lago de Maracaibo, todo ello para mi tesis acerca del movimiento trabajador venezolano. Un día, ví a un grupo de muchachos jugando basket en una cancha municipal y pensé en estar un rato con ellos – no porque yo sea precisamente bueno jugando basketball, pero pensé que ellos me podrían ofrecer una perspectiva diferente.

Luego, cuando empecé a contarles a mis amigos del movimiento de trabajadores y con quienes había estado, ellos se quedaron horrorizados. “¿¡Qué!? ¿Que hacías tú conversando con esos basquetbolistas adecos? ¡Dios mío! ¿¡Tú les dijiste alguna información!?”

Quedé bastante impresionado ¿Jugadores de basketball adecos? Ya yo había leído y consultado acerca de como los partidos políticos en Venezuela penetraban en cada fibra de la vida cotidiana, pero enterarme de la noción de que hasta los muchachos que jugaban en la calle poseían afiliaciones partidistas, me dejó loco.

Sin temores de ninguna clase, volví a donde los muchachos y les pregunté acerca de ello.

¿Así que, ustedes son de Acción Democrática?

Ellos mostraron una sonrisa tímida y uno de ellos me dijo, “Bueno, necesitábamos una cancha y…”

Pasaron a echarme el cuento acerca de como ellos necesitaban una cancha apropiada con materiales apropiados, ya que ellos siempre carecían del dinero para pagar por zapatos, pelotas, uniformes, entrenadores… Ya sabes, todas esas cosas que necesitas para unirte a una liga juvenil de basketball. El alcalde de la ciudad de Cabimas era un político de Acción Democrática, y uno de los chamos mencionó que su tío fue alguna vez un miembro de AD, así que él le solicitó ayuda a su familiar.

El tío les dijo a los muchachos que se dirigieran al organizador de partido de AD en su vecindario. Ellos luego fueron a hablar con él y le preguntaron si la alcaldía podría construir una cancha de baloncesto. El organizador les dijo que él estaría feliz de avisarle su caso al alcalde, pero que para tener mayores posibilidades de hablar con él, deberían… ejem… volverse miembros del partido y apoyarle.

El trato fue sencillo. Algún presupuesto municipal se invierte en recreación a cambio de volverse partidarios de AD y ayudarles en las campañas para buscar votos. Ninguno de los muchachos pensó en que eso fuera precisamente una mala idea. Se inscribieron en el partido, y al año (o un poco antes) ellos obtuvieron su cancha y algún equipamiento… Todo ello con el pequeño inconveniente de que tooodo el pueblo empezaría a verlos como “esos jugadores adecos”.

Y así como lo ves: Esa es la cuestión. Ese es el petroestado Venezolano.

El Petroestado es un mecanismo que convierte dinero obtenido del petróleo en poder político – o más precisamente, convierte el control del ingreso petrolero del Estado en control del Estado – en un ciclo retroalimentador perpetuo.

La manera en la que realizas esto es construyendo una gran red de patronazgo. Políticas de hacendado como basamento nacional.

Estos chicos que jugaban con sus pelotas en Cabimas jamás han oído de Terry Lynn Karl, pero ellos instintivamente se dieron cuenta de como el sistema funcionaba. Y así lo logró el organizador del partido en su cuadra: Fue lo suficientemente hábil como para usar su influencia sobre una pequeña parte de la renta petrolera nacional – solo lo suficiente para tener una cancha de basket – fundando una red local en miniatura de patronazgo. Sus clientes -los chamos- simplemente pagarían los favores recibidos el día de la elección, no por ninguna clase de afinidad ideológica, sino para garantizar su acceso al control de su parte de la renta petrolera. Y él usó la influencia de dicha renta sobre los muchachos – expresada en su habilidad para movilizarlos para propósitos políticos – para asegurar su posición como cliente del próximo patrón en la jerarquía: El alcalde.

Esta básica estructura piramidal fue replicada en todo el país, en cada esfera imaginable de la vida, desde los inmensos proyectos multimillonarios de construcción, hasta cosas tan humildes como una cancha de basketball para un vecindario.

El alcalde de Cabimas, – el cual era un patrón cara a cara del organizador vecinal – era el cliente de turno del próximo patrón en la jerarquía: El gobernador del Estado Zulia. Así mismo, el gobernador le rendía clientela a su superior, muy probablemente un algo político o alguna facción en el todopoderoso Consejo Nacional Ejecutivo del partido (CEN). Y ese patrón de turno igualmente fungía de cliente del Secretario General del partido, o al Presidente de la República. Toda esta red de relaciones patrón-cliente corría por todas partes, desde las calles polvorientas de Cabimas hasta el palacio presidencial de Miraflores en Caracas.

COPEI, el segundo partido, corría una pirámide de patronazgo paralela (aunque más pequeña) y el MAS, el partido (nominal) de izquierda, gerenciaba una red patronal aún más pequeña y débil.

Este fue, básicamente, el sistema que debía ser desmantelado con la elección del presidente Chávez. Para 1998 las elecciones transcurrieron en una época en la cual la gente ya estaba resentida y hastiada. Pero antes de lanzarme a una crítica (redundante) del sistema, es necesario detenerse por un momento para notar varias de sus características.

Primero… Es importante entender que el sistema no estaba totalmente paralizado y anquilosado – la cancha de basket, al fin y al cabo se construyó. No hay duda que el dinero proveniente de la renta petrolera era inmisericordemente depredado (vamos, que se lo robaban) en cada paso de la red clientelar. Pero la cancha pudo ser finalmente construida.

Así que, a pesar de que el sistema fuera harto ineficiente, antidemocrático, pesado y tal, el sistema no era totalmente inútil – en su propio camino amoral, la corrupción sirvió para algo- y estaba preparado para repartir los petrodólares para asegurar que llegaran a las manos de muchas personas (no solo a las de unas pocas). Los receptores del producto final (los chamos basquetbolistas) fueron el punto final de una larga cadena de corrupción rampante: Es por eso que ellos fueron recompensados por sus servicios partidistas con canchas y equipo para jugar basketball en vez de dinero contante y sonante.

El Petroestado está en tú cabeza.

Es importante notar que el petroestado no es simplemente un sistema de relaciones sociales – una gran pirámide en la que medio mundo está involucrado y en la que pueden tomar algo – sino que también es un sistema sociocultural, una red interconectada de creencias y de convivencia, un estado mental.

En un típico país subdesarrollado, el principal problema político radica en la producción de riqueza: Como generar la suficiente para salir de la pobreza. Pero en un petroestado, el asunto de la producción no es tan problemático. La riqueza ya está allí, solo tienes que sacarla del suelo con una máquina. En el petroestado, el problema político básico es la distribución de riqueza: El como esta riqueza debe ser distribuida de la mejor manera entre los ciudadanos. El éxito (económico) en la vida no deriva necesariamente de la capacidad de producir riqueza, sino que radica más bien en los contactos, en tú habilidad de obtener con tus propias manos un trozo de la torta a repartir.

Este esquema básicamente, es el que domina las relaciones de la población con el Estado. El Estado viene a portarse como una fuente inagotable de riqueza. La gente viene al Estado con la creencia de que cualquier problema que tengan, él vendrá y lo resolverá.

Estos muchachos en Cabimas no tenían ninguna duda de que, si lo que querían era una cancha de basquetball, lo que debían hacer era esperar a que el Estado se encargara de ello y la construyera – después de todo, ¿acaso el país no nada en un mar de riqueza petrolera? Es bastante obvio que el petroestado desarrolla una cultura propia (path-dependence), esa es su idea principal, la idea de que el gobierno posee y maneja tanto dinero que, si quisiera, podría arreglar y complacer todos los deseos y necesidades de la sociedad en su totalidad.

Sin el modelo mental del petroestado, la gente suele pensar que los Estados y los gobiernos deben ser juzgados más por lo que entregan que por lo que prometen.

Esto no es algo que a mí se me ocurrió o que me lo inventé. Las encuestas muestran de manera consistente que alrededor de un 90% (o más) de los venezolanos piensan que viven en un país rico. Mientras que el 80% piensa – equivocadamente – que este es el “país más rico del planeta Tierra”.

Estas creencias no aparecieron en el imaginario colectivo por accidente. El mito fundacional del Petroestado fue el centro del programa político de Acción Democrática desde los años 1920. El padre fundador del partido, Rómulo Betancourt, escribió un número de libros al respecto (“Venezuela, Política y Petróleo” p.ej.)

En uno de sus libros, altamente influyente, “El Estado Mágico”, Fernando Coronil argumenta que la mentalidad de petroestado se extiende desde la presidencia del general López Contreras a finales de los años treinta, y está centrada en la esperanza de que el Estado puede mágicamente llevarnos hacia la modernidad.

Por un tiempo, esta visión redistributiva funcionó. Mientras se mantuviera una población relativamente pequeña, el Estado permaneciera relativamente eficiente y el chorro de petrodólares siguiera relativamente constante, esta simple estrategia redistributiva seguiría funcionando por largo tiempo.

Desde la década de los cuarenta, pasando por los años cincuenta, sesenta y hasta mediados de los setenta, el modelo del Petroestado encabezó una gran mejora de la calidad de vida de los venezolanos. Se construyó infraestructura, la gente tenía empleo y cada generación que nacía tenía la razonable esperanza de vivir mejor que la anterior. El país gozó de educación pública y obligatoria, universidades gratuitas, hospitales, viviendas populares, alcantarillados, teléfonos, carreteras y autopistas, puertos, aeropuertos, y todas aquellas huellas y marcadores de la modernidad, décadas antes de que cualquier país latinoamericano las tuviera.

De manera menos tangible, aunque no por ello menos importante, el petroestado financió a una cantidad de instituciones que daban bajas por maternidad e indemnizaciones por despido, pensiones para los retirados y remuneraciones por vacaciones. Todo aquello en los años 1960.

Al crear unas redes expansivas de patronazgo, los partidos políticos adquirieron fortaleza para lograr que una limitada forma de democracia se volviera perfectamente viable. Esta red de relaciones sociales fue muy útil en las primeras décadas de la democratización. Las redes de patronazgo le aseguraban a cada persona pudiera disfrutar de las ventajas de vincularse socialmente y económicamente a las instituciones democráticas al asegurar un pedazo de influencia en el sistema político. Esta lealtad fue clave para mantener al país estable y en democracia en un tiempo en el cual la mayor parte de Latinoamérica no gozaba de libertades civiles y políticas.

Y este es el milagro. Por un buen tiempo, el sistema simplemente funcionó. AD y COPEI predeciblemente y pacíficamente se alternaban en el ejercicio del poder. Venezuela fue una isla de democracia y estabilidad en un continente azotado por insurgentes marxistas y gorilas golpistas.

Quiebre.

Pero el sueño no duraría para siempre. Hay muchas razones por la cual el clientelismo relativamente benigno de los años 50 y 60 degeneró en la lunática cleptocracia de los años 80 y 90. La corrupción es una razón típicamente señalada… Pero la verdad es más compleja y menos “moralmente” satisfactoria que esa explicación un tanto simplista. La razón de fondo para el quiebre del sistema, en mí opinión, tiene que ver con la volatilidad en aumento del mercado petrolero mundial, junto a una pobre gerencia y la siempre vieja y fiel demográfica.

Hasta 1973, el petróleo se había comerciado en un rango bastante estable de precios, haciendo que los ingresos por renta petrolera fueran más o menos predecibles todos los años. Pero luego llega el embargo petrolero de ese año – recordado como la “crisis del petróleo”, aunque en los países exportadores de crudo, se conociera más bien como una “bonanza petrolera” – los precios del petróleo empezaron a oscilar salvajemente, haciendo imposible predecir con un grado suficiente de certeza el posible margen de beneficios. Con cada nuevo aumento explosivo, torrentes de petrodólares inundaban la economía venezolana, solo para ser seguidos por bajones igual de imprevistos y explosivos.

Este ciclo de subidas y caídas bruscas fue destructivo en muchas maneras. Desde un punto de vista meramente macroeconómico, está claro que las economías no soportan demasiado bien la inestabilidad.

Más destructivo que el mero ciclo en sí, fue la patética administración estatal del ciclo. Con cada boom, nuestros amables políticos pensaban que esos caros precios durarían para siempre, así que no se les ocurría nada mejor que hacer que endeudarse, aún con dinero e ingresos récord. Cuando los precios del petróleo caían, se acumulaban los efectos de los excesos en la bonanza, recrudeciendo las recesiones. Todo esto hacía que se acumulara deuda tras deuda que tenía que ser pagada. Esta es la famosa hipótesis de exceso de endeudamiento, la cual es señalada por algunos observadores como la culpable de la depresión económica de Venezuela en los años 80.

Pero podría argumentar que el efecto más destructivo del fracaso del petroestado fue más de índole cultural que económica. El flujo masivo de petrodólares en los años setenta modificó la moralidad pública en el país. Por culpa de la anteriormente mencionada abundancia de dinero, la corrupción se volvió aceptada en una forma en la que nunca había sido. La percepción de que solo un pendejo, un simplón se atrevería a perder esa oportunidad para enriquecerse fácilmente, riqueza fácil que proliferó en forma de noveaux-riche entre los conectados al sistema. Una cultura de rastacuerismo, de robo, penetró profundamente dentro de la cultura y psiquis venezolana. Nunca nos vimos preparados para manejar este asunto.

Al mismo tiempo, la población creció gradualmente, diluyendo la riqueza petrolera entre un creciente número de receptores, haciendo que el principio de la prosperidad para todos por igual basada en los petrodólares fuera cada vez menos factible. Aún si el Estado hubiera podido redistribuir la renta petrolera en dinero en efectivo para todos los venezolanos por igual, aún el empobrecimiento no se hubiera detenido.

Para finales de los 80, el modelo del petroestado estaba roto irremediablemente. Aún si hubiera ocurrido un milagro y los políticos del día hubieran sido reemplazados por ángeles con complejo de burócrata prusiano de alta eficiencia, aún así, el dinero no hubiera alcanzado para todos.

Y para completar el cuadro, los políticos que teníamos en aquel momento eran los opuestos polares de los administradores prusianos, y eran cualquier cosa, menos ángeles.

La confianza patronal en sus redes clientelares hizo que todo el sistema se volviera anquilosado y muy difícil de reformar. Un sistema que se volvió particularmente sordo a los pedidos de cambio. Ya que nunca tuvo demasiado contacto ni problemas con temas ideológicos, el petroestado se osificó completamente: El poder en sí mismo se volvió su propia ideología a seguir. El camino a seguir era sencillamente amasar más y más poder, para ascender y ascender hasta la cima de la pirámide, para ganar mayor y mejor acceso a más y mejores fuentes lucrativas de patronazgo, terminando por dominar el sistema político en su totalidad. Mientras el sistema se volvía más y más disfuncional, el resentimiento del pueblo con la corrupción en el corazón del sistema crecía, aunque muy pocos dentro del Estado se daban cuenta de eso.

Así que para dicha época (finales de los 1980), Venezuela estaba en un momento crítico en su historia, y necesitaba un programa de reformas masivas. Necesitaba reinventarse a sí misma, para dejar atrás un sistema y metodología de gobierno que, si bien funcionó en épocas anteriores, ahora era anticuado. Había que encontrar una manera de integrarse en la economía mundial prescindiendo de la dependencia del petróleo. Esto último no solo como una fuente más de dinero, sino además prescindir de los sistemas culturales y políticos asociados a él. Venezuela necesitaba zafarse del clientelismo, reinventar sus relaciones sociales en todos los niveles, dejar a un lado las redes de patronazgo que habían condicionado a la sociedad por largo tiempo. Necesitábamos quitarnos de encima la noción de que el Estado puede solucionar la vida de todos al desembolsillar plata sacada de la nada y redistribuirla.

Necesitábamos crear una idea enteramente nueva de Estado, nada más que una total recreación de la sociedad, el Estado y las relaciones entre los dos.

Y fallamos.

Ese fallo es LA razón por la cual Hugo Chávez está en el poder hoy. Su éxito político es la consecuencia inexorable de nuestra poca habilidad para zafarnos del modelo del petroestado.

Nuestro intento (tarde, mal y a rastras) de reforma.

De regreso a 1989, todo lo que tenías que hacer para darte cuenta de que este país necesitaba una reforma de pies a cabeza era simplemente agarrar un teléfono.

En un mal día, se podía tardar una hora o más para tener tono. Podías descolgar el teléfono, ir a hacerte un sandwich, chequear si llegó la señal, comerte el sandwich, chequear de nuevo el tono, lavar los platos, guardar la mayonesa en la nevera, ir de nuevo al teléfono y ver si había llegado el todo. Era… deliciosamente ridículo.

Pero una vez que el tono llegaba, tus problemas nada más acababan de empezar: Básicamente porque tuvieras la posibilidad de pasar por el placentero ritual de la “llamada ligada”. Este raro fenómeno en el cual dos conversaciones telefónicas cualquiera se entrecruzaban por problemas de circuitos. Terminabas compartiendo tu conversación con dos completos extraños. A veces, estos absurdos intercambios podrían desarrollarse de manera ordenada, y se podrían poner de acuerdo en colgar y llamar nuevamente. Y por supuesto que no querías ser el que terminara de colgar, debido a que ya se sabe (o mejor dicho, no se sabe) cuanto tiempo puede tardar la línea en llegar nuevamente.

Ah! Aquellos gloriosos días de la compañía anónima nacional(izada) de teléfonos en Venezuela. Trabajando con equipamiento de 40 años de edad, la CANTV (como se llamaba dicha compañía) estaba muy atrasada respecto de los baremos habituales de otras compañías telefónicas. El esperar por una nueva línea telefónica podía tardar años. Predeciblemente, el retraso ocultaba su pequeña ollita de corrupción: si tu necesitabas urgentemente una línea, tenías que pagarle a alguien “de adentro” de la CANTV para que te agilizaran el proceso.

Las líneas telefónicas fueron un bien escaso (de lujo) que eran catalogadas como “características premium” en el mercado de bienes raíces. La gente cuando vendía sus apartamentos no solo avisaba del precio, tamaño y lugar, sino que orgullosamente, adicionaba que la vivienda venía “con teléfono”. Por cierto, hablando de precios. Ese dichoso ítem podía aumentar fácilmente un 5% el valor de un apartamento. Tener una segunda línea telefónica en casa era el símbolo de un estatus altamente elevado. El non-plus ultra del lujoso consumismo.

La CANTV operada por el Estado Venezolano era presa de todos los vicios clientelares conocidos. Protegida de toda competencia, la compañía podía salirse de la suya con eficacia asesina. Uno como consumidor, era impotente. Un simple suplicante ante un sistema que existía principalmente para extraer dinero que para promover un servicio telefónico.

El estilo CANTVístico de administración basado en la supremacía de la fría e ineficaz burocracia por sobre el usuario/ciudadano invadió todas las oficinas del Estado. Tratar de realizar cualquier gestión burocrática era una pesadilla. Registrar tu carro o tratar de tener un pasaporte o una cédula (El DNI venezolano) se volvía un ejercicio de resiliencia. Incluso el tratar de pagar tus impuestos era un problema. Los burócratas tributarios sabían perfectamente que necesitabas ese papelito que te acreditaba como contribuyente-al-día por un número de razones – no podías vender un apartamento sin eso – Así que terminabas en una posición realmente vulnerable, ¡para terminar pagándole al burócrata para que te diera el certificado de que ya habías pagado tus impuestos! Así de enquistada era la cultura de la corrupción.

Pero esos roles no estaban solamente enfocados hacia el nivel micro. Macro-económicamente el país estaba en serios problemas. El Banco Central de Venezuela estaba prácticamente sin reservas internacionales. Protegidos por años de barreras de entrada y subsidios, ambos tipos de empresas, privadas y públicas eran generalmente ineficientes. Las sanguijuelas-adictas-a-la-renta aprovechaban la oportunidad para crear bienes y servicios de inferior calidad a precios inflados. Los negocios habían sido progresivamente afiliados a la pirámide clientelar de patronazgo: Comerciando apoyos políticos a cambio de subsidios y nuevas tarifas, exactamente de la manera en la cual los muchachos de Cabimas comerciaban inscripciones en partidos políticos a cambio de canchas y equipos para jugar.

Treinta años de clientelismo petroestatal habían hecho que el gobierno colocara el nudo de la horca en el cuello de la nación. El funcionariado del sector público estaba inmensamente expandido. El petroestado había lentamente evolucionado a un esquema de atención a clientes políticos-burocráticos imposibles de despedir. En 1988, Venezuela tenía más empleados públicos que Japón, aunque por supuesto, “los servicios públicos japoneses no son lo mismo que en Venezuela”. Un montón de de trabajos en el sector público eran simplemente trabajos propios de “calienta sillas”, básicamente apareciendo una o dos veces al mes para cobrar sus salarios, pero no trabajaban. Muchos otros apparatchiks trataban a su salario oficial como algo sagrado, pero todo el mundo sabía donde estaba el dinero de verdad: En las manos mojadas, las comisiones y demás trampas a las cuales estaban expuestas los empleos estatales.

Un boyante sector estatizado de la economía fue construido a través de una sola gran máquina de hacer dinero (la gigante del petróleo, PDVSA), desembolsillando dinero a docenas de firmas y empresas parásitas que lo único que hacían era perder dinero. Dinero por cierto, que pudo haber servido para construir escuelas y hospitales en vez de financiar agujeros negros, como las refinerías de azúcar estatalizadas, bancos, compañías mineras, aerolíneas, y hasta un célebre restaurante de comida rápida en Caracas llamado “La Sifrina” (¡que tiempos aquellos!).

La gente estaba enferma de todo esto, y era comprensible. Pero – y este es un crucial “Pero”- ellos no venían la necesidad de reformas radicales. Lo que ellos querían era ver al petroestado arreglado, no reemplazado. Los venezolanos añoraban los años de bonanza de los setentas, cuando toneladas de petrodólares financiaban una gran y rápida expansión en el consumo. Si estaban molestos con algún político, el origen de dicha molestia radicaba en que ellos pensaban que dicho político había fallado en su visión y misión básicas, la de redistribuir las riquezas generadas por el petróleo de manera equitativa y generosa. Hecho eso (pensaban aquellos venezolanos) el país volvería a los buenos días de los años setenta.

He aquí como el modelo mental fomentado por el petroestado arruinó al mismo petroestado Venezolano, y es el orígen del mito fundacional que repite “el hecho de que Venezuela es un país fantásticamente rico y que el Estado lo tenía todo para redistribuir y que todos vivieran confortablemente”.

Si tú genuinamente crees la idea anterior (así como parece que lo hace el 90% de la población) y vives personalmente en pobreza, entonces tenemos la muy obvia inferencia que la razón por la cual eres pobre.. ¡Es que alguien te robó tu parte de la riqueza nacional que te pertenecía! ¡Esos malditos adecos!

Déjenme ser bastante claro acerca de todo esto: La corrupción realmente importa y fué un gravísimo problema (y lo sigue siendo). Pero los venezolanos tienen nociones salvajemente irreales e irracionales acerca de como su vida puede ser mejorada si la corrupción de repente desapareciera del mapa. Pocos han llegado a la conclusión de que aún sin corrupción, el modelo del petroestado es, básicamente insostenible. La compleja estructura del mismo, junto a las razones demográficas que hacen que este sea un modelo fundamentalmente no viable no son (extrañamente) parte de un debate nacional. Esto solo es entendido parcialmente solo en ciertos círculos académicos y tecnocráticos. Así que la percepción de que la corrupción es EL GRAN problema ha impedido un análisis más delicado y complejo de las razones reales por las cuales el Estado ha dejado de funcionar.

El Gocho pal’88

A pesar de todo, la elección presidencial de 1988 trajo a un candidato especialmente posicionado para maniobrar entre la ira de la gente y la situación del Estado: Carlos Andrés Pérez, quien ya había sido presidente previamente desde 1974 hasta 1979 en aquella época en la cual los petrodólares inundaron al país. CAP, como todo el mundo le llamaba, jugó la carta del populista de vieja escuela, prometiendo retroceder al tiempo de su primer mandato. Los venezolanos querían un petroestado renovado, y él les ofrece un renovado petroestado… Sin demasiadas sorpresas, gana las elecciones por paliza.

Ahora, nadie en en el mundo sabía que era lo que pensaba CAP al lanzarse como candidato, cosa que aún es materia de debate en la Venezuela de hoy. Mirando hacia atrás en el tiempo, es claro que el Estado no estaba en una posición para desembolsillar dinero a mansalva y CAP debió haber estado enterado. Algunas personas creen que todo fue un plan calculado desde el inicio, que sabía que tenía que predicar con el ejemplo para ser electo, pero que el no podía continuar la caminata hasta el final.

Nadie se pone de acuerdo respecto a esto. Como una deliciosa anécdota, CAP estaba seguro que él podía renovar al petroestado debido a que él había hecho un trato preliminar con la administración estadounidense recién llegada. El Secretario del Tesoro le había hecho una promesa para lograr un paquete de rescate financiero que le permitiría al gobierno venezolano dar un respiro y seguir haciendo lo que hacía más o menos igual… El pequeño problema era que confiaba en que la próxima administración sería presidida por el demócrata Stanley Dukakis. Ooops.

Bueno… Carlos Andrés ganó (como era previsible) con un número récord de votos, pero por supuesto, el candidato Dukakis no pudo llegar a la Casa Blanca. Literalmente, a varias semanas luego de ser electo, CAP se encuentra a un Estado con funcionalidades vestigiales y al borde de la bancarrota. El tenía muy poco margen de maniobra, aunque puso sus fuerzas en todo el apoyo que había logrado para su campaña.

Con todo lo precedente, él anunció un programa de reformas estructurales masivas (con el sello del Fondo Monetario Internacional), como el eliminar barreras de entrada, eliminar subsidios, privatizar empresas públicas… Una terapia de choque de tipo neoliberal prefigurada en el Consenso de Washington.

Ahora, sé que es fácil arrecharse con el FMI, pero hay que ver que el contexto es clave aquí. Debido a la escala del tremendo berenjenal financiero para el Estado, y el rol que este estado (y sus petrodólares) tenía en el soporte del mismo. Esto es una perfecta justificación para la realización de reformas radicales, ya sean aprobadas por el FMI, o no. En general, esta es mi crítica a la crítica estándar que se le suele hacer al papel del FMI. El señalar la intervención de dicho fondo obviando por completo el contexto general. Esta crítica estándar falla en el sentido de que no toma en cuenta la necesidad nacional de reformas para eliminar los cuellos de botella generados por la acción perniciosa del clientelismo del petroestado.

Pero también es cierto, que las reformas de CAP fueron una puñalada trapera a todo lo que había prometido meses antes.

Los venezolanos pensaban que ellos elegían a Carlos Andrés para arreglar el petroestado. En vez de ello, el inmediatamente se movilizó para desmantelarlo. Apenas pudo diferenciar entre el desmantelamiento del petroestado o su reparación. Cualquiera que tuviera una línea telefónica en esos días se hubiera dado cuenta de ello. El consenso hecho para la necesidad de reformas fué confinado a círculos tecnócratas (la opinión pública simplemente no estaba en la mesa de negociaciones).

Parece que CAP no pensó en la necesidad de montar un caso para el desmantelamiento del petroestado. El simplemente pensó que “podía hacerlo”, sin contar con la oposición y presentar de una vez el dicho ya hecho ante el país. El pensó, aparentemente, que los beneficios de la reforma económica iban a ser taaan evidentes, que un par de años los críticos de las reformas se callarían.

Como sabemos, sus cálculos se equivocaron de manera terrible. Primero hay que ver que CAP fue electo bajo la tarjeta de Acción Democrática, como el candidato del partido que más se benefició del modelo del petroestado. De hecho, la mayor fuente de resistencia al plan de reforma vino de su propio partido. CAP simplemente recorrió el camino a Damasco momentos después de que la campaña de Dukakis implosionara. Pero el resto de AD estaba muy a gusto con el clientelismo petroestatal, y las reformas de CAP eran incompatibles de plano con su visión del Estado.

Tomemos a CANTV. Sí, seguro, que fue una pesadilla para sus consumidores, ¿pero a quién coño le importan los consumidores? Para los patronazgos de AD que la gobernaban, la compañía telefónica era una base importante de poder. No solamente podían explotar a quien quisieran al tener el control monopólico de un medio escaso, demandando que les “mojaran la mano” cuando desearan, enriqueciéndose a sí mismos y alimentando las redes de patronazgo clientelar en la compañía. También podían usar a la compañía para espiar a sus oponentes políticos, podían distribuir los puestos de trabajo en la compañía a sus clientes y, por supuesto, el permitir instalarse varias líneas telefónicas en sus casas. Si tu privatizabas la compañía, el sistema telefónico podría a empezar a funcionar como debía, pero todo el esquema de redes de patronazgo clientelar se venía abajo.

Una dinámica bastante similar se reprodujo en docenas de instituciones del Estado que iban a ser afectadas por el plan de reformas-depuraciones-privatizaciones de CAP. Cada ministerio y universidad, cada empresa adquirida por el Estado y cada instituto autónomo, cada pieza del petroestado tenía a una poderosa bancada de gerentes de AD cerrados en fila contra el programa de reformas.

El paquete de reformas de CAP simplemente se condujo como una daga al corazón de la red del partido – no sorprende entonces que muchos de los caciques adecos se movilizaran en contra del presidente que ellos ayudaron a elegir.

Muy pronto, CAP se encontró a sí mismo en un mar creciente de protestas y disensos, cada día más inmanejable. Cada trozo de la reforma hacía reaccionar a una fuerte resistencia en el Congreso de la República, en el cual los caciques aún tenían una mayoría. Los patrones adecos explotaron la fuerte adherencia cultural de la población al petroestado para impeler la resistencia a las reformas que carcomerían las bases de su poder. El FMI, por supuesto, fue predeciblemente demonizado, así como lo fue CAP.

Muchos venezolanos se veían verdaderamente traicionados y arrechos por lo que veían, como una inaceptable destrucción de sus cuotas de influencia en el petroestado. Al final, mucha gente fue dependiente del dinero que fluía a través de las redes de patronazgo clientelar, demasiada gente como para que las reformas fueran viables. Y todos aquellos que tenían más que perder veían un incentivo para una fácil movilización política, precisamente porque ellos eran parte de una pirámide que funcionaba mediante lealtad al patrón.

Del 27F al 4F.

La gota que derramó el vaso vino cuando el gobierno eliminó parte de los subsidios a la gasolina a finales de febrero de 1989. Los transportistas públicos respondieron al aumento del 10% del precio de la gasolina con el aumento del doble del pasaje… Y el ventilador se terminó llenando de mierda.

El 27 de febrero de 1989. un grupo de agitadores de extrema izquierda en Guarenas, un suburbio caraqueño, empezaron una protesta enfrente de los autobuses, que pronto degeneró en una revuelta. Las revueltas se replicaron increíblemente rápido, primero hacia Caracas y luego hacia el resto del país.

Por espacio de tres días, Venezuela fue víctima de un espasmo de violencia y revuelta sin precedentes, incluyendo saqueos masivos. La policía fue rápidamente desbordada por esta súbita erupción de anarquía. Eventualmente, el gobierno llamó a las tropas del Ejército con órdenes de disparar a los saqueadores. Al menos 600 personas fueron muertas en los dos días subsiguientes. Algunos estimados indican que la cifra de muertos alcanza el millar. Los cuerpos fueron depositados en fosas comunes – una práctica que Venezuela no había visto en muchas décadas.

Fue el final de la inocencia para el país.

El efecto generado por la turba de 1989 en la vida pública nacional fue en muchas maneras, análogo al 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos. Un evento tan profundamente traumatizante que es simplemente recordado y mencionado por su fecha. El 27 de febrero (27F). Hasta esa fecha, los venezolanos se veían como diferentes, más civilizados, más demócratas, de alguna manera mejores que sus vecinos latinoamericanos. 31 años de inquebrantable estabilidad petroestatal llegaban a su fin. En este sentido, las revueltas marcan la reentrada de Venezuela en Latinoamérica. El país no fué más un país excepcional. Solo se volvió otro país latinoamericano luchando por su democracia y estabilidad.

El programa de reformas de CAP fue seriamente recortado por causa de las revueltas. Pero continuó, a media máquina, por otros cuatro años. Económicamente, el plan fue un éxito relativo – después de una severa recesión en la cual se contrajo la economía en un 10,9%, por primera vez desde los años setenta, Venezuela experimentó un real crecimiento económico. El ingreso per cápita se expandió continuamente: 3,9% (1990), 7,1% (1991), 3,6% (1992), aunque claro, esto de nuevo fue ayudado por la subida de los precios del petróleo seguida de la invasión iraquí a Kuwait. Desde un punto estrictamente económico, parece que funcionaba.

Pero ninguna de esas cifras le importaba al patronazgo de la vieja escuela y a los 10,000 pequeños caciques con sus feudos administrativos a lo largo del Estado. Lo que le importaba a esa gente era el poder, y el programa de CAP constituía una amenaza tan grande que los métodos habituales para oponerse a eso eran inútiles. Desde sus lugares en el CEN, en el Congreso, en las cortes, en las compañías y empresas nacionalizadas y en la CTV, fueron extraordinariamente eficaces para oponerse y detener el proceso de reforma.

Fue durante el tercer año de este drama psicótico entre AD y el presidente, que un cierto teniente coronel entró a la escena pública por primera vez… y a los coñazos. El 4 de febrero de 1992, un grupo de jóvenes oficiales lanzaron una sangrienta intentona golpista contra el gobierno electo. Esta loca aventura – Es la primera vez que alguien intenta tumbar al gobierno por la fuerza de las armas desde los sesenta – dejó alrededor de cien muertos y su propio y reconocible lugar en el calendario. El 4-F

El intento de golpe, efectivamente falló, pero hizo que su líder se convirtiera en una suerte de héroe popular – el valiente paracaidista que puso su vida en riesgo para detener al malvado presidente Pérez y su blasfemo intento de desmantelar al querido petroestado, y una muy rara figura pública venezolana que acepta su responsabilidad por un fallo suyo.

El teniente coronel golpista va a dar a la cárcel, en donde se queda dos años leyendo (pero no entendiendo) a gente como Rousseau, Bolívar y a Walt Whitman. En ese año, el gobierno enfrenta un segundo golpe de estado, aún más sangriento que el primero. Eventualmente, CAP fue enjuiciado de mérito por sus compañeros de partido por cargos ridículos, y luego de un breve gobierno interino, la presidencia pasó a otro dinosaurio petroestatal. A Rafael Caldera, quién gobernó como presidente de la República inclusive antes que el mismo CAP, precisamente entre 1969 y 1974.

Como CAP, Caldera fue un populista de vieja escuela. Y, a diferencia de CAP, Caldera realmente gobierna como un populista.

El Retorno de la Momia.

El periodo en el que Caldera llega al poder por segunda vez, él ya era octogenario. Se pasó 58 de esos años en las trincheras de la política. Débil, algunos dirían que decrépito; su voz era temblorosa y no fácilmente audible. No es exactamente el tipo de líder que escogerías para encabezar un gobierno de nuevas ideas. Caldera trató de parapetear y parchear al viejo sistema del Petroestado – el único que realmente entendía – como mejor pudo.

Predeciblemente, él fallo. La corrupción continuó sin su coto, los amigotes también siguieron con sus andanzas, y (para añadir) el sistema financiero nacional sufre una crisis importante al colapsar gran parte del sector bancario en 1994, acabando de un plumazo con los ahorros de toda la vida de cientos de personas. La economía languidecía, y el empobrecimiento colectivo de la población seguía y seguía. Eventualmente, Caldera fué persuadido de la necesidad de reformas, incluyendo una muy importante del sistema penitenciario y la seguridad social. Pero parece que él no entendió, ni mucho menos compartió, la noción de que el modelo básico por el cual se sustentaba el poder y la economía en Venezuela estaba, básicamente agotado; necesitando de una reforma total.

Sí el petroestado estaba vencido en 1989, para el fin del periodo presidencial de Caldera en 1998, este sistema estaba putrefacto. Nadie dudaba que el país necesitaba de un serio sacudón, de una masiva limpieza y reanimo para salir del estancamiento que sufría desde los últimos 20 años.

El país se enfrentó a la elección entre una ex-Miss Universo convertida en una alcaldesa centrista de un municipio rico de Caracas (Irene Sáez), un graduado de Yale que era el gobernador reformista del Estado Carabobo (Henrique Salas Römer) y del anteriormente mencionado Teniente Coronel izquierdista (el cual había sido perdonado por Caldera y liberado de su prisión en el intermedio de todo esto).

El desencanto con las viejas estructuras de los viejos partidos era tan profundo, que COPEI ni siquiera intentó postular a un candidato de sus propias filas. En vez de ello, intentaron cooptar el encanto de la reina de belleza Sáez… La cual terminó colapsando en las encuestas al segundo después de haber aceptado la nominación.

Como siempre AD tiene la última palabra, decidieron nominar a Luis Alfaro Ucero, un cacique semi-literato de ochenta años. Una especie de capo di tutti il capi, sentado en el pináculo de la estructura de patronazgo clientelar del partido. El tipo este nunca alcanzó más allá del 7% en las encuestas. La maquinaria electoral adeca había dado su último respiro.

Muy pronto, todo el mundo se dio cuenta de que era claro que el gobernador y el golpista eran los únicos que tenían opciones para acceder a la presidencia. Y fué claro que la elección iba a ser ganada por quién vociferara de manera más directa la virulenta ira del pueblo contra las fallas del petroestado.

Y si ese es el juego que resultas jugar, nadie, pero nadie puede vencer en ese terreno a Hugo Chávez.

Del clientelismo institucional al culto chavista de la personalidad.

La escena vino en el marco de uno de esos infames discursos de nunca acabar en el año 2004. El presidente Chávez se coloca en su lugar, cuando algo retuvo su atención. Su tono de voz cambió. Consternado, el miró arriba del andamio, a donde las luces que le iluminaban.

“Epa, baja, ven aquí”, el dijo en un suave tono paternal, “No, no te encarames al frente, está caliente por culpa de las luces… Eso es, baja hacia atrás. No te preocupes, que tú puedes hablar conmigo. Quiero oír tus problemas. Yo te vi llorando antes, ven, ven, bájate del andamio y acércate pa’acá”.

De inmediato, un muchacho de 15 años bajó del andamio y caminó hacia el escenario. Con las cámaras grabando en vivo, millones de personas observaron la escena, Chávez lo tomó, lo abrazó fuertemente y lo tuvo así por… este… 45 segundo o un minuto, luego el niño le contaba, entre lágrimas, como su padre había muerto recientemente y su madre está enferma, que él no podía traerle los medicamentos para que se sintiera mejor. Chávez escucha, acaricia el cabello del muchacho y le asegura que él va a ayudarle.

La multitud está extasiada, y terminan coreando “¡Así, así, así es que se gobierna!”

¡Bienvenidos a la nueva era del clientelismo post-institucional Chavista! Esta clase de cosas y de escenas son típicas del estilo de gobierno de Chávez. El presidente trabaja duro para hacer que su audiencia sienta sus inmensas ganas de ayudar a todos. Personalmente, uno por uno. Y con bastante éxito para vender brillantemente su imagen de un presidente que está profundamente y apasionadamente preocupado (de manera personal) por los problemas de sus seguidores.

Obviamente, esta especie específica de clientelismo es bastante diferente de aquel viejo animal adeco. Aunque es bastante obvio que se trata de clientelismo.

La peculiar contribución de Chávez al viejo concepto clientelar ha sido el de cortarle las alas al intermediario. En el viejo sistema, cada relación clientelar era solo con el patrón inmediatamente superior al cliente. Pero en el sistema de patronazgo chavista el sistema tiene dos niveles: El presidente, y cualquier otra persona. En estos días, las relaciones que sustentan el sistema son televisadas, ellas son mediatas más que personales – con la liga de incondicionales del líder carismático (menestros y esos elementos) con cada uno de sus seguidores de manera individual.

Los chavistas son, en cierto sentido, clientes imaginarios.

A través de que Chávez ha gastado miles de millones de petrodólares en programas sociales de emergencia que efectivamente redistribuyen dichos petrodólares a sus seguidores políticos (las famosas Misiones), puedo argumentar que el éxito de este esquema tiene mucho que ver con el puro sentimiento, con identificaciones primarias. Muchos chavistas sienten personalmente y profundamente, que de alguna manera están místicamente unidos al presidente – la intensidad de sus emociones acerca de él, son difíciles de medir.

Esto es una diferencia con lo que hemos visto antes. En el viejo sistema, la relación entre patrones y clientes era básicamente una relación quid-pro-quo (toma y daca), un asunto de mutuo interés. A pesar de todos los sentimientos se reducen al respeto y al miedo al jefe. Con Chávez, la relación viene desde el corazón. Él es tan carismático, su retórica es tan poderosa, que hace que la gente lo vea a él con un salvador: Ellos quieren llorar en sus hombros, ellos quieren redimirse a sí mismos a través de él.

En otras palabras, la brillaaante idea de Chávez radica en eliminar un viejo sistema de relaciones interpersonales de carácter vertical, y reemplazarlo con un culto a la personalidad.

Son malas noticias.

En el viejo sistema, el Estado tenía dos instituciones totalmente independientes: AD y COPEI. Es cierto, nos podemos quejar del porqué SOLO habían dos, de que los tribunales y las elecciones estaban subyugadas a esas instituciones, al igual que las empresas del Estado. Pero coño, ¡al menos cada uno de nosotros estaba representado en una de ellas!

Como cierta extensión de ello, AD y COPEI servían para balancearse el uno a otro. Ninguna decisión política verdaderamente trascendente era tomada sin al menos el acuerdo tácito entre ellas dos.

Más aún, cada uno de los dos grandes partidos era una institución compleja en su propio derecho. Sus Comités Nacionales Ejecutivos estaban compuestos de facciones que tenían que deliberar la una contra la otra para acordar una posición del partido en cada asunto. Cada facción podía favorecer los intereses de un determinado sector – El sector pro-negocios podía manejarse con la oficina de trabajadores para acordar una política de salario mínimo y los representantes campesinos podían hacer renegociar la posición del partido sobre importaciones agrícolas si se sentaban a negociar con el ala tecnócrata. Cada partido tenía su propio proceso deliberativo interno. Es, si se quiere, un modelo del pluralismo tocqueviliano, con sus fallas, pero al menos con cierta deliberación para la solución de conflictos de intereses.

En el Estado Chavista, solo hay una institución: Hugo Chávez. Nótese que no estoy hablando de una abstracción como “la Presidencia de la República”. Estoy hablando acerca de un solo hombre. Cuando una importante decisión política tiene que ser tomada, las únicas deliberaciones que importan, toman lugar entre sus oídos.

Todas las lealtades son dirigidas a él personalmente. Los simpatizantes reciben beneficios por las misiones, no en la forma del Estado en algún sentido abstracto, o de un patrón que conocen personalmente cara a cara, sino de Chávez, personalmente. Cuando el presidente está en la mesa redonda con sus colaboradores psicópatas, todo disenso es igualado a la traición. Así que la única persona que hace las decisiones políticas relevantes, nunca es confrontado con una visión de mundo (Weltschauung) que difiera una jota de la suya.

Los petroestados post-institucionales oscilan entre las distinciones entre Estado, gobierno, partido, presidencia y presidente. El resultado es un acelerado decaimiento de la estructura institucional del Estado, hasta el punto que ninguna parte del Estado puede actuar de manera independiente a la persona de Hugo Rafael Chávez Frías. Venezuela, hoy, es un experimento personalista con esteroides.

Claramente, algunos de los aspectos del viejo pero estado jamás han cambiado. Todo el mundo lo reconoce. Lo que a mí me gusta remarcar, a pesar de todo, son los elementos de continuidad; elementos que son subestimados en los análisis acerca de Chávez. Sí el truco esencial del petroestado es transformar el control del ingreso de los petrodólares del Estado en control (político) del Estado, entonces toca concluir que Chávez simplemente ha actualizado el sistema, construyendo un petroestado para el Siglo XXI.

Por supuesto, Hugo Chávez piensa que él es un pre-eminente (el más, quizás) crítico del Estado post-1958. Pero su crítica está basada en ideas que siempre han estado en el corazón del modelo cultural del petroestado en toda su extensión. Chávez ciertamente piensa que él está reconstruyendo al país desde las cenizas; pero igual que muchos auto-descritos y auto-proclamados revolucionarios antes que él, su visión tiene mucho en común con el ancien-regime.

El concepto cultural raíz del petroestado es la idea de que el Estado puede y debe usar su riqueza petrolera para desembolsillar dinero a la sociedad. Más que una crítica del petroestado como tal, lo que Chávez provee es una crítica de como se condujo este en los 1970-80 y especialmente centrada en el “neoliberalismo” del paquetazo. El cual, como vimos en este ensayo, fue en realidad un intento de CAP para desmantelarlo.

Chávez no lo sabe, pero él está enmarcado en la tradición intelectual de la cual fué pionero Rómulo Betancourt hace más de cincuenta años. Después de todo, Chávez es solo el último monarca de la dinastía petroestatal. El último intento hasta ahora de arreglar al petroestado, de reformar lo irreformable.

Este asunto ha sido una clave para su éxito político. Al tocar el viejo tambor del petroestado, Chávez maneja el ritmo de una parte muy importante de la cultura venezolana. Al final, tratar de eliminar al petroestado como sistema social o político es un juego de niños comparado con la tarea monumental de romper al petroestado como idea, como un entendimiento colectivo de las funciones del Estado. Y Chávez nunca ha desafiado el entendimiento dominante del papel del Estado. Solo lo ha usado en su propia ventaja.

La subida continua de los precios del petróleo desde el año 2004 le han dado al petroestado un respiro, pero no un perdón. En una simulación virtual de los años 70, un gran periodo de consumo está siendo financiado por dinero extra, paralelo a una alta subida de la deuda del sector público venezolano. Mientras los buenos tiempos duren, los venezolanos creerán que Chávez cumplió su promesa. Pero es solo una sensación que durará hasta que los precios del petróleo bajen. Y una de las cosas que aprendimos desde hace mucho tiempo, es que centrar tu estrategia en esperar que los precios del petróleo nunca bajen, es una cosa profundamente idiota.

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