El comunismo mata. Punto.

por J. O. Guevara


Lo siguiente es una traducción propia (sin ningún permiso xD, sorry) de un escrito del politólogo R.J. Rummel (recientemente fallecido, lo ignoraba) que data de 1993 (y se llama precisamente así: Muerte por Comunismo); y nada más me enfoco en la parte que más nos interesa (el PSUV programática y teóricamente es un partido comunista, solo que sin nombre de “comunista”).

Sabemos que los regímenes Marxistas-Leninistas matan, casi por definición. Ahora lo curioso es saber no que tantas personas matan sino… ¿por qué?

Rummel, uno de los politólogos que apoyaba la Teoría de la Paz Democrática, intentó dar una respuesta, que es el escrito que sigue:

 

¿Cómo podemos entender toda esta sangría hecha por los comunistas? Es por el matrimonio de una ideología absolutista con el poder absoluto. Los comunistas creían que conocían la verdad, de forma absoluta. Ellos creían que podían usar al marxismo como herramienta para indagar el como podían alcanzar el mejor bienestar y felicidad posibles. Y creían que ese poder (absoluto), el poder de la “dictadura del proletariado”, debía ser usado para acabar con el viejo orden feudal o capitalista, para construir una nueva sociedad y una nueva cultura que les permitiera realizar su utopía.

Nada podía estar atravesándose en su camino. El gobierno (o sea, el Partido Comunista) estaba por encima de toda ley. Todas las instituciones, normas culturales, tradiciones y sentimientos eran potencialmente desechables. Y la gente no pasaba de ser meros ladrillos y mortero, para ser usados en la construcción de un mundo nuevo.

La construcción de dicha utopía era vista como una guerra contra la pobreza, la explotación, el imperialismo y la desigualdad. Y por el bien máximo, así como en las guerras de verdad, la gente era asesinada. Y como en las guerras tradicionales, para la utopía comunista habían bajas enemigas necesarias: el clero, la burguesía, los capitalistas, los saboteadores, los contrarrevolucionarios, los derechistas, los tiranos, los ricos, los terratenientes y aquellos no-combatientes que, desafortunadamente, eran sorprendidos en pleno combate.

En una guerra pueden morir millones, pero la causa puede estar bien justificada, como el derrotar a Hitler y al nazismo y su espantoso racismo. Y para muchos comunistas, la lucha por una utopía comunista era tal que justificaba todas las muertes. La ironía de todo esto es que el comunismo, en la práctica, aún luego de décadas de control total, no mejoró en demasía la calidad de vida de la persona promedio. Es más, solía hacer peor la vida de las personas, comparativamente, en el nuevo régimen que en el anterior a la revolución.

No es ninguna casualidad que las peores hambrunas hayan ocurrido en la Unión Soviética (alrededor de 5.000.000 de muertes entre 1921-23 y 7.000.000 entre 1932-33) y en la China comunista (alrededor de 27.000.000 de muertes entre 1959-61). En total, alrededor de 55.000.000 de personas murieron en varias hambrunas comunistas y en desastres asociados; un poco más de 10.000.000 de ellos murieron por hambruna democida (es decir, a propósito y por motivos políticos). Este número es similar a que toda Turquía, Irán, o Taiandia fueran borradas del mapa. Y alrededor de 35.000.000 de personas huyeron de países comunistas como refugiados; algo parecido a que toda la población de Argentina o Colombia huyera, atestiguando así un rechazo sin paralelo ante las pretensiones utópicas del Marxismo-Leninismo.

Pero los comunistas no podían estar equivocados. Después de todo, su conocimiento era científico, basado en el materialismo histórico, un entendimiento de los procesos dialécticos en la naturaleza y en las sociedades humanas, así como en una visión materialista (por ende, realista) de la naturalez. Marx había mostrado empíricamente porqué las sociedades habían sido lo que son, y porqué; y él y sus intérpretes demostraron que las sociedades estaban destinadas a un fin comunista. Nadie podía evitar o prevenir esto, aunque se podía retrasar su llegada, al costo de extender la miseria y el sufrimiento humanos. Aquellos que estaban en desacuerdo con esta visión del mundo, e incluso, si estuvieran en desacuerdo con alguna interpretación apropiada de Marx y Lenin, estaban, sin mancha mental de reserva alguna, equivocados. Después de todo, ni Marx, ni Lenin o Stalin, o Mao dijeron “eso”…

En otras palabras, el comunismo fué algo parecido a una religión fanática. Tenía sus textos revelados e intérpretes clave. Tenía a sus sacerdotes y su propia prosa ritual con todas las respuestas . Tenía un cielo y el manual de comportamiento adecuado para llegar a él. Tenía su tradicional apelación a la fe. Y además venía con sus propias cruzadas en contra de los infieles.

Lo que hizo a esta religión secular tan despiadadamente letal fue el secuestro de todos los instrumentos estatales de fuerza y coerción, y su uso inmediato para la destrucción o el control de todas las fuentes independientes de poder, como las iglesias, las profesiones, los negocios y empresas privadas, las escuelas y, por supuesto, la familia. El resultado de esto es lo que vemos en la primera tabla.

(…)

Pero lo que conecta a todo aquello es esto: Mientras menos controlado esté el poder del gobierno, este poder alcanzará todas las instituciones culturales y de la sociedad; y si este poder no es democrático-liberal, es más probable que termine asesinando a sus propios ciudadanos. Esto es más que una simple correlación.

Así como el poder totalitario se incremente, así se multiplica la curva del democidio hasta el tope, cuando el poder llega al totalitarismo más absoluto. Si la élite gobernante tiene el poder de hacer lo que le venga en gana, más estará dispuesta a usar ese poder para satisfacer sus deseos personales, para determinar lo que cree que es bueno y malo, no importando si ello cuesta la vida de las personas. Y en ese caso, el poder totalitario es la condición necesaria para el asesinato en masa. Una vez que la élite lo tiene, otras causas y condiciones podrán operar para dar paso al genocidio, al terrorismo, a las masacres o a cualquier necesidad de matar que tenga la élite, si ella lo requiere.

Finalmente, mientras más extremo sea el poder totalitario, más extremo será el democidio. Los gobiernos comunistas, todos, sin excepción, han poseído el poder más absoluto del que se pueda disponer, y de allí que sus grandes matanzas (aquellas como las del gobierno de Stalin o cuando Mao estaba en la cúspide de su poder) hayan ocurrido en los momentos históricos de mayor totalización del poder. Y luego de que muchos gobiernos comunistas, entre los años sesenta y ochenta del siglo XX, comenzaran gradualmente a liberalizar su sistema político y a aflojar su poder centralizado, las matanzas y su récord asociado sufrieron una drástica reducción.

El comunismo ha sido el mayor experimento de ingeniería social que hayamos visto en la Historia. Falló miserablemente, y en el transcurso mató a casi 100.000.000 de hombres, mujeres y niños, sin mencionar a los casi 30.000.000 de ciudadanos que murieron en sus guerras de agresión y en rebeliones provocadas por comunistas.

Pero aquí hay una gran lección que hemos aprendido de este horrendo sacrificio a una ideología. Esa lección es que no podemos confiarnos en alguien que tenga poder político. Mientras más poder tenga el gobierno para imponer las creencias de una élite religiosa o ideológica, o para imponer los deseos de un dictador, es mucho más probable que sean sacrificadas vidas humanas en el proceso. Esta es una de las tantas razones, aunque es la más importante, para seguir luchando en pro de la democracia liberal.

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