Otra vez con la bicha

por J. O. Guevara


oquei, tengo una relación amor-odio con la Constitución de 1999. Aunque podría mejorar mucho más:

1) Porque el engendro se puede leer en clave liberal. Es un documento aceptablemente democrático con todas sus fallas. Tanto así que los milicomunistas intentaron reformarlo en 2007 (por algo lo hicieron: porque no les gusta y lo ven como un simple texto transicional a la “verdadera constitución socialista”). La reforma aplicada de facto desde 2008 es otro ejemplo de lectura antiliberal del texto fundamental, contraria al espíritu del constituyente de 1999.

2) Conserva bastante del texto de 1961 (la constitución más exitosa del país, dada su relativamente efectiva vigencia y duración -casi 39 años-) y su parte dogmática sigue siendo brillante y de avanzada (un poco ñángara y de difícil satisfacción, pero bueh).

3) Porque el rollo de los cinco poderes (el poder contralor y el electoral) no se ha puesto verdaderamente a prueba (no, no es un “verdadero escocés”) por el gran golpe de Estado asambleario de diciembre de 1999 que asignó a dedo a todos los cargos no electos por votación popular. Con una Federación tan poderosa y con múltiples competencias, el dividir más el poder, al estilo de Montesquieu, sería buena idea, a priori.

4) El vigoroso Poder Judicial (quizá una de las partes más logradas de la Constitución de 1999) sufre del control del Ejecutivo desde su nacimiento y empeorado desde 2004 con la ley inconstitucional del TSJ que infló el número de magistrados y que permitió su nombramiento por mayoría simple. No sabemos como se comportaría de haberse nombrado como se debió haber hecho… O mejor dicho: SÍ, lo sabríamos. Como un Poder Judicial poderoso, relativamente independiente y dispuesto a bajarle dos al totalitarismo.

5) Es relativamente fácil de enmendar: solo un trámite en la Asamblea (por mayoría simple) y un referendo. Luego de un periodo de transición lo suficientemente largo y de estabilizar el rollo económico y de probar un rato con sus disposiciones se podrían modificar sus aspectos menos trabajados (o más inconvenientes).

6) La tontería “bolivariana” se puede leer (again) en clave liberal. Si bien se impuso como nombre del partido gobernante y como recuerdo permanente del comediante supremo en nuestros pasaportes y cédulas, igual podría reinterpretarse (o resignificar, como quieran llamarlo) como una “doctrina” (Bolívar no era un ideólogo) básicamente liberal, a caballo entre el conservadurismo y el progresismo social de su época; republicanismo de virtud, presidencialismo poderoso y control civil de los militares. Esto último es lo menos auténticamente bolivariano de la carta magna, y que debiera modificarse cuanto antes (o acotarse a una definición democrática de seguridad nacional y una pauta de relación adecuada con la milicia).

Cosa parecida pasa con los símbolos patrios (2006). Es una tontería que tuvo origen en un capricho ideologizante, pero que, de nuevo, pueden resignificarse con lo mejor de nuestra historia.

7) Conserva algunas cláusulas que pueden profundizar la Federación y hacerla verdaderamente descentralizada (la cláusula elástica del Art. 157 y su guía en el Art. 158). Esto tampoco se ha puesto a prueba gracias a la “revolución socialista” centralista y violadora de los derechos de los Estados.

8) Su régimen presupuestario es aceptablemente duro (poco amigable con el gasto excesivo y parafiscal), en línea con la vieja socialdemocracia nórdica (la de Gunnar Myrdal y los presupuestos equilibrados) y que permitiría una saludable (aunque lenta y progresiva) satisfacción de los postulados constitucionales, que son bastantes… Tampoco se ha puesto a prueba.

En resumen, el engendro nació muerto. Solo fue la gran impostura y excusa para la toma del poder del grupito de milicomunistas que hoy azota a la Nación. En un mundo ideal chiabe lo hubiera cumplido al pie de la letra…

Y en un mundo ideal esta vaina fuera Noruega, claro.

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