Acerca de los “enemigos del pueblo”


¿Como definir al enemigo? Reducida la política a una guerra civil que oponía dos fuerzas -la burguesía y el proletariado-, y siendo necesario el extermino de una de ellas por los medios más violentos, el enemigo ya no era sólo el hombre del antiguo régimen, el aristócrata, el miembro de la alta burguesía o el oficial, sino cualquiera que se opusiera a la táctica bolchevique, al que se tachaba de “burgués”. El término “enemigo” designaba a cualquier persona o categoría social que, según los bolcheviques, obstaculizara el poder absoluto.

El fenómeno apareció muy pronto, incluso en instancias donde todavía estaba ausente el terror como las asambleas electorales de los soviets. Kautsky lo presintió cuando en 1918 escribió: “(En los soviets) sólo tienen derecho de voto los que ‘han adquirido sus medios de existencia mediante el trabajo productivo o útil para el conjunto’. Pero ¿que significa ‘trabajo productivo o útil para el conjunto’? Es un término elástico. También es elástico el reglamento referido a los que están excluidos del derecho al voto, incluidos los que ‘emplean a obreros asalariados para sacar provecho de ellos’. (…) Muy bien se ve que basta con poca cosa para ser etiquetado de capitalista bajo el régimen electoral de la República soviética, y para perder el derecho al voto.

La naturaleza elástica de las palabras de la ley electoral abre las puertas al reinado de la arbitrariedad más flagrante y esto no es debido al sistema legislativo sino a su objeto. Nunca se podrá definir de forma jurídicamente incontestable y precisa el término ‘proletario'”.

El término “proletario” sustituyó al de “patriota” de la época de Robespierre, desde entonces la categoría del enemigo posee una geometría variable y puede inflarse o desinflarse a tenor de la política del momento. Dicha categoría constituye un elemento importante del pensamiento y la práctica comunistas. Como señala Tzvetan Todorov: “El enemigo es la gran justificación del terror; el Estado totalitario no puede vivir sin enemigos. Si no los tiene, se los inventa. Y una vez identificados, no le merecen piedad alguna. (…) Ser enemigo es una tara incurable y hereditaria. (…) A veces se insiste en que a los judíos se les perseguía no por lo que habían hecho sino por lo que eran: judíos. No es distinto tratándose del poder comunista; este exige la represión (o, en momentos de crisis, la eliminación) de la burguesía como clase. El simple hecho de pertenecer a esta clase es suficiente, no es necesario hacer algo.

Queda por abordar una cuestión esencial: ¿por qué exterminar al “enemigo”? La función tradicional de la represión es, conforme al título de una célebre obra, la de “vigilar y castigar”. ¿Acaso se había superado esta fase de “vigilancia y castigo”? ¿Acaso el “enemigo de clase” era “irrecuperable”? Solzhenitsyn aportaba una primera respuesta al explicar que en los gulags los presos comunes recibían mejor trato que los políticos. Y ello no sólo por razones prácticas -pues hacían las veces de oficiales-, sino por razones “teóricas”, pues, efectivamente el régimen soviético se había comprometido a crear un “hombre nuevo”, cosa que incluía la reeducación de los criminales más curtidos. Este aspecto fue uno de los más fructíferos de su propaganda, tanto en la Rusia de Stalin como en la China de Mao o en la Cuba de Castro.

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Tomado de “El libro negro del comunismo” (1997), por Courtois, Werth, Panné, Paczkowski, Bartosek y Margolin. Páginas 952 y 953.