Por qué abolir el ejército es mala idea… En Venezuela

por J. O. Guevara


Motivado por mi respuesta a las patadas (un simple y medio visceral NO) y por tildar de cretinos a quienes así piensan, paso a explicarme, e intentaré hacerlo simple y corto para no aburrir, por más que esto sea un blog y, bueno, un blog es demasiado 2009, pero allí voy de todas formas.

La defensa nacional se tiene tradicionalmente como un bien público, esto en sentido económico. Algo que no puede dividir su uso entre varias personas (criterio de no rivalidad) y que no puede, por definición, ser provisto por iniciativas privadas, la más conocida de todas es el mercado. No se puede dividir porque uno no puede garantizar por sus propios medios que una bomba inteligente no le vuele la casa al vecino, así como tampoco podemos evitar que haya gente que no quiera colaborar en la prestación del servicio aún usándolo. Es el clásico problema de los free riders o gorrones o vivos, en jerga venezolana. De allí que usemos la acción colectiva y, principalmente, la coerción (o sea, usar la fuerza para que alguien haga algo que queramos) para asegurarnos del servicio. De allí la existencia de las Fuerzas Armadas (FFAA).

El mercado, idealmente no puede proveer del servicio de defensa nacional porque los incentivos de agentes racionales (más o menos) buscando su propio interés, va a hacer que el sistema de defensa privada rápidamente degenere en una orgía hobbesiana de violencia todos-contra-todos, dado que el tercero neutral para arbitrar conflictos entre gente loca que quiere vengarse de una posible venganza antes de la posible represalia… no existiría y la vida sería una perpetua trampa de violencia. Trampa hobessiana se dice en términos técnicos. A menos que se invente algo para que un orden policéntrico pueda mantenerse sin requerir de coerción (tal como lo requeriría el libertario promedio, sinónimo en español de “anarquista”) pues, la cosa no va para ningún lado.

Bien, ahora viene el rollo de justificar éticamente a las FFAA. Esta argumentación no va obviamente para quienes crean que toda violencia es mala. Yo soy de los que creo que es moralmente admisible darle un golpe de Estado a Fidel Castro para instaurar una democracia liberal, o es moralmente acertado matar a Hitler de un tiro, o de defender tu vida a balazos si a balazos se pone en riesgo. El asunto moral para mí no reside tanto en “La Violencia” sino en que cantidad de violencia usamos en que momento y para que fines. La cantidad idealmente debe ser la justa, el momento debe ser apropiado y el fin debe ser noble o bueno.

Afuera hay mucha gente que quiere tomar cualquier recurso, humano o material, a la fuerza si es necesario. Sin entrar en conspiranoias chavistas; la falta estricta de “Derecho Internacional” (este siendo una ficción que debe presuponer el monopolio coactivo de su ejecución para hacer que esas normas dejen de ser meros consejos pegados en una pared para volverse ley efectiva) hace que no haya un tercer actor neutral que arbitre entre dos naciones que recurren a la violencia o a la amenaza de ella. La historia y la ciencia política demuestran que las naciones-Estado no lo van a pensar dos veces si van a tomar algo por la fuerza y tienen buenas posibilidades de triunfar en sus objetivos.

Eso a pesar de que comparto en buen grado los hallazgos publicitados por el académico Steven Pinker sobre la reducción general e histórica de la violencia; tenemos que reconocer que el fantasma del guerrero siempre va a estar allí y requeriríamos de algo que lo conjure o que haga que sus apariciones no pasen de ser meros sustos. Y ese algo imperfecto que tenemos por los momentos son las FFAA. Unas buenas, eficientes y eficaces Fuerzas Armadas. “Espadas desenvainadas que tienen a las demás en su vaina” decía Federico el Grande, del papel de los ejércitos como cooperadores (involuntarios) de la paz. Igual un militar experimentado sabe el daño terrible que hace un arma de guerra. Dulce bello inexpertis, decía Erasmo.

Aunque, para bienestar nuestro, América es un continente bastante pacífico en lo que respecta a guerras tradicionales entre Estados-naciones; dado que la última guerra se realizó a mediados del siglo XX entre Ecuador y Perú, y no pasó de ser un simple chascarrillo en comparación a la movilización y sangría épica de las guerras de independencia hispanoamericanas.

Otra cosa por la que considero que abolir a las FFAA sería una mala idea, es que en la ciencia política se nota que los grupos pequeños y organizados sacan más jugo y mas provecho a las cosas y a las situaciones que los grupos grandes y desorganizados. Estos en política internacional pueden ser los países pequeños, que gracias a esto pueden tener condiciones ventajosas gracias a que no tienen que estar perdiendo el tiempo administrando asuntos propios de una enorme poliarquía llena de carajos viendo que vamos a hacer para que este cohete llegue a Marte y tal.

Los países que se toman como el ideal en este asunto, como lo son Costa Rica y Andorra, en realidad no son países completamente desarmados… Y no sólo porque en Costa Rica haya una policía civil encargada del orden público a lo interno, al igual que en Andorra… Sino porque ambas naciones tienen tratados de defensa con naciones más grandes que se comprometen a defenderlas en caso de vulneración de su soberanía. Costa Rica lo tiene con EEUU y Andorra lo tiene con Francia y España en conjunto. Disfrutan de la plácida paz exterior gracias al enorme paraguas de seguridad que hace de un Júpiter absorbiendo muchos meteoritos enormes del Sistema Solar, evitando que choquen en buena medida contra la delicada, rocosa y muy azul Tierra.

En este caso, dudo mucho que Brasil o Colombia permitan que los venecos estén asociados con el Imperio, o que les resulte muy cómodo. Considerando esto, la única manera en la que un político racional acceda a suprimir el Ejército en un país mediano a grande, es que todos los demás países medianos y grandes, al mismo tiempo, acuerden en abolir sus instituciones armadas, y que hayan garantías futuras de que no vuelvan a resucitar. Cosa que viendo la realidad pues…

Otro punto importante a considerar es que Andorra es un microestado, y Costa Rica un país apreciablemente pequeño. Venezuela con su casi millón de kilómetros cuadrados es el trigésimo tercer país (si no me equivoco) más grande del mundo… De casi doscientos países. Todo el mundo yora la pérdida de la Guayana Esequiba (acéptenlo chicos, esa verga se perdió) y demás territorios. Pero, aunque a la gente que se hace la paja y acaba con el Mapa de la Capitanía General de Venezuela de 1777 le arda, hay que reconocer que Venezuela es un país de extensión mediana. Hay bastante terreno que aprovechar. Y se terreno no se cuida solo… Una mera fuerza policial no estaría lo suficientemente equipada para hacer que la frontera colombo-venezolana sea más o menos pacífica, y ni hablar de la extensa costa plagada de contrabando y piratería desde que mandaban los Austrias (siglos XVI y XVII).

Además, sin un ejército preparado, si este desapareciera de repente, tendríamos que ver la realidad logística de que coño hacer con doscientos mil nuevos desempleados a los cuales hay que buscarles oficio (versión ampliada del mismo problema que ocurriría cuando se realice una muy deseable reducción del contingente, sobre todo de la inconstitucional e ilegal “Milicia Bolivariana”); además de la muy posible emergencia de colectivos y colectivas que harían desastres volviendo a las ciudades y campos sus feudos particulares. Eso sin mencionar a las guerrillas y paramilitares (son en esencia la misma vaina) que azotan la frontera occidental.

Estas soluciones, bienintencionadas que duda cabe, son lamentablemente muy simplistas dado que se centran en resolver de cuajo y sin anestesia una situación por lo demás compleja, y que puede terminar trayendo más males que bienes a largo plazo. Aunque el bien sea eliminar una posible fuente de corrupción y de salida de locos de carretera que cada veinticinco años dan un golpe de Estado para salvar a la patria del nioliveralismooo o del estatismo o del demonio cíclico de costumbre. De corrupción pueden hablar nuestras instituciones civiles como las empresas, los partidos políticos, la Administración pública, los sindicatos y la Iglesia.

Ello quiere decir que el asunto es, no tanto eliminar graciosamente el poder y esperar a que todo se resuelva automágicamente, sino el ver que hacemos con él, y controlarlo de manera que nos sirva de modo colectivamente provechoso, dado que las consecuencias de eliminarlo pueden ser peor que la misma enfermedad. Cosa que no es nada fácil (hay que reconocer) y que involucra una lucha diaria, sisífica, diría, contra el azote de la corrupción y de los abusadores de la ley y del mandato que se les da legítimamente de acuerdo a las mismas.

Y si el fantasma de la corrupción puede envenenar las almas más puras de la “reserva moral de la Patria” encarnada en las Fuerzas Armadas, entonces es de suponer que el poder recrecido de unos tipos a los cuales la República les presta sus armas y les mantiene su modo de vida para garantizar su defensa deba controlarse mucho más y de maneras especiales; sobre todo considerando en la actualidad a un cuerpo tan solícito para la corrupción gracias a la perversión de los principios internos propios de una institución de organización antidemocrática y no horizontal como lo son la obediencia debida, la subordinación y la jerarquización. La resolución de la pregunta de qué hacer con la FAN es en buena parte la respuesta que determinará el futuro de Venezuela.

Y será bueno o malo o regular dependiendo de que clase de respuesta demos.

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